viernes, 10 de diciembre de 2010

Capítulo nueve

Capítulo 9: Carreras callejeras
Minutos después bajó Clara acompañada por el mayordomo y Alba, y se detuvieron ante nosotros. Clara se terminó de abrochar el camisón y Alba se recogió el pelo en una coleta.
-Buenos días.-Clara bostezó.-Lo siento, me acabo de levantar.
-No importa.-contestó Óscar.-He venido porque había oído que se estaban organizando unas apuestas y querría participar en ellas.
-¡Pues adelante, tío! Me caes bien. Le voy a decir a Iván que te prepare un coche. ¿Cómo lo quieres?
-Pues un Mustang del color que quieras.
-De acuerdo.
Dicho esto salí corriendo hacia la habitación de Iván y nos dirigimos al garaje. Abrimos la compuerta secreta y nos pusimos a trabajar en el vehículo de Óscar. Cuando le acabamos se lo mostramos y comentó que habíamos acertado con su color preferido, el verde lima. Tras esto, cogimos los coches nos fuimos en nuestros coches al lugar indicado para el desafío. Allí había una fila de cochazos aparcados en paralelo con tipo musculosos y mujeres atractivas. Entre ellos y ellas reconocí al mastodonte de la última vez cerca de un BMW GT3 con líneas en el dorso. Me acerqué a él.
-¿Qué? ¿De nuevo a las andadas?
-Dije que volvería.
-Tenía el presentimiento de que serías tú. ¿Qué piensas hacer si ganáis?
-Sacaros de aquí echando leches, quitaros todo vuestro dinero y los coches y hacernos con la ciudad.
-¿Y si ganamos?
-Nos iremos y os daremos nuestros coches.
-De acuerdo. ¿Cuándo empezamos?
-Son las… -miró su reloj Rolex de cuatro esferas- nueve en punto. En dos horas nos vemos aquí.
-Aquí estaremos.
Dicho esto nos montamos en los coches y nos largamos a la casa de Clara.
-Chicos-dijo Iván nada más llegar-me voy a revisar los carros. Nos vemos a las diez y media.
-Comerás algo, ¿no?-preguntó Clara.
-En el ejército nos enseñaron que no es necesario comer durante ocho horas.
-No le hagas caso.-dije.-Yo le bajaré algo para picar tras cenar.
A la hora del desafío la ciudad se adornó con algunas bengalas en la salida y la meta.
-Bueno, bueno. Pero si se han presentado y todo.
Sin mediar palabra nos dirigimos a la línea de salida. La carrera consistía en una carrera colectiva por puntos dividida en tres modalidades:
Carrera sprint: Consiste en llegar desde la línea de salida hasta la meta, situada en otro lugar de la ciudad.
Concurso de derrapes: Consiste en recorrer un circuito cerrado realizando la mayor cantidad de derrapes posible.
Carrera de aceleración: Consiste en una carrera en la que no se puede frenar y si chocas o rozas algo con el coche quedas descalificado.
En el primer desafío se eligieron de cada grupo dos corredores de los cuales los nuestros fueron Alba y Óscar. Usaron su magia, la potencia del nitroso de Iván y el trabajo en equipo para acabar la carrera en los primeros puestos. Después les tocó el turno a los derrapes y con ellos a Álvaro, Clara, Pelayo y Mónica cuyos resultados fueron estos:
3º Pelayo
4ª Clara
2º Álvaro
6ª Mónica
De momento todos jugaban limpio.
Nada de lo que preocuparse por lo que ocurriría a continuación. Cuando nos colocamos en la línea de salida, Iván me dijo que si tenía problemas de algún tipo, que presionase el botón rojo bajo el volante. Aceleré a tope, cambié a primera, solté el freno y salí escopetado, codeándome con el tipo aquel, cuando de pronto, me atacó con su coche. Aguanté hasta que no pude más y enchufé todo el nitroso que tenía y pulsé el botón. Una onda electro magnética invisible recorrió la pista y paralizó el coche del tío. Crucé la línea de meta con Iván a mi derecha. Derrapé, di la vuelta hasta donde estaba el otro y bajé la ventanilla:
-¿Qué? ¿Te gusta jugar sucio? Ojo por ojo, diente por diente. ¿No?
-Vale tío, tú ganas. No volveremos. Toma nuestras llaves.
-Graciaaas.-dije con un gesto de burla.
El hombre suspiró, se bajó del coche y se fue de la ciudad andando con sus camaradas detrás. Clara nos invitó a celebrarlo a su casa.  Allí guardamos todos los coches con sus llaves y descansamos hasta que fue el momento de irnos.
-Bueno, chicos. Ya recordáis lo que os dije. Ah mi número de teléfono es…-me bisbiseó unos números al oído y se apartó.
-Gracias Clara.-dijimos
-Nos vemos.
Tras deliberar en qué coche seguíamos elegimos el Audi R8 de Iván y salimos con destino la gran capital del continente de Redora: Grivalizd, que estaba al lado de la ciudad de medianoche.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Capítulo octavo

Capítulo 8: Empieza la aventura
Nocturno y el jefe del poblado estuvieron hablando en un dialecto que sólo entendían ellos y Mónica, y cuando acabaron, Sergio… digo… Nocturno, me miró y me lo explicó todo. No quedé muy convencido, pero asentí pesadamente al finalizar su explicación. Acto seguido El Gran Jefe (así dijo que nos refiriésemos a él) se levantó y no observó. Era alto y robusto. Una calavera como la de Nocturno le tapaba una buena parte de la cara y una capa de color negro azabache le cubría todo el cuerpo, a excepción de una gran espada curvada hacia la punta que tenía enganchada a la espalda.
-Así que vosotros sois los del coliseo ¿no?-su voz era algo más grave todavía que la de Nocturno y algo ronca también.- Bien. Entonces superasteis las pruebas. Sois dignos de que os acompañe el mayor cazador de las Llanuras del verdor. Podéis iros.
Asentí con la cabeza.  Estaba pensando que habíamos llegado a por Mónica y nos íbamos con dos más en vez de con uno. Volvimos al coche, pero cuando fuimos a entrar, Nocturno no estaba. Miré alrededor, y lo vi de brazos cruzados, oteando el horizonte desde una colina alta a unos metros de allí.
-¿No vienes, Nocturno?
-Por supuesto que sí. Pero preferiría ir a mi manera -no se giró ni un centímetro.
-¿Cómo que a tu manera?
-Sí. Corriendo. No me gusta estar apretado con toda la gente –siguió en la misma postura y movió una mano con un gesto de que nos fuéramos.
-¿Corriendo? Bueno, tú sabrás lo que haces.
Me encogí de hombros y entré en el coche. Arranqué el motor y pusimos rumbo hacia la ciudad de medianoche, para devolver el coche a Clara y empezar de verdad la aventura. El coche salió derrapando, dejando una marca en el barro y aceleró brutalmente. De repente algo se me vino a la cabeza y paré el coche.
-Iván, bájate del coche, por favor.
-¿Para qué?-respondió.
-Hazme caso.
Iván obedeció. Yo también salí del coche y le di las llaves a Iván. Sonreí mientras me sentaba atrás, en el sitio que él había dejado libre. Soltó un “Yuuujuuu” y se metió de un salto en el coche. Aceleró con ferocidad, echándonos hacia atrás en los asientos. Le configuré el mini GPS y él siguió el camino.
Tras unas horas en la carretera, hablando de nuestros planes al llegar a la casa de Clara,  me acordé de Nocturno de repente y miré por la ventana. Mi sorpresa fue enorme al ver que una sombra corría cerca del coche como una exhalación, haciendo que sus piernas no se vieran por la velocidad. Recordé el cristal verde que quedaba y se lo di a Mónica, justo cuando llegábamos a la ciudad de Medianoche. El sol se puso con prisa y los neones empezaron a brillar. Aparcamos en la casa de Clara y llamamos al timbre, justo cuando llegó Nocturno. Entramos y Clara nos recibió con una gran hospitalidad. Eran las nueve de la noche, y cada uno hizo lo que le pareció. Yo le pagué un lavado a Clara, pero no en metálico, sino que le di el cristal de liuritactita para que lo diera a la PG (Policía Galáctica), Álvaro e Iván se ducharon y se cambiaron de ropa. Yo también me cambié de ropa. Nocturno estuvo en la calle todo el tiempo. Las chicas se pasaron dos horas en la habitación, hasta la cena. Después de comer (ya no recordaba lo buena que estaba la comida) Iván recordó algo y nos hizo bajar al garaje subterráneo de Clara. Después sacó un mando del tamaño de una tarjeta de visita, y lo activó. El suelo vibró un poco y una pared se abrió ante nosotros. Tras ella se encontraban una docena de cochazos de primera gama tuneados al gusto de cada uno de nosotros. Iván contó que se lo contó y se lo pidió a Álvaro antes de irse a la guerra. Todos estaban tuneados manualmente. Por Iván, claro. El mío era un Audi TT 3.2 Quattro con alerón y un kit de ensanche con respiraderos. Estaba pintado de un amarillo iridiscente, y las llantas del mismo color. Un vinilo de llamas negras y rojas embellecía el capo y las puertas. El coche de Iván era un Audi R8 blanco metalizado sin vinilos, pero con el toque especial de Iván. El coche de Alba era un Aston Martin y tenía un motor de potencia especial a base de magia. De un color precioso. El de Álvaro, como el de Clara, pero con un vinilo de unos palos de póker. El de Pelayo era un Enzo Ferrari rojo con la pintura de serie.  El de Mónica era verde, un Mercedes Benz impresionante. Nocturno no tenía coche porque no quería participar.  Los mejores motores en todos los coches, inyección de óxido nitroso. Cochazos impresionantes en definitiva.
-El único problema que hay es que algunos y algunas no sabemos conducir.-dijo Alba.
-Eso no es ningún problema.-dijo el mayordomo. Yo seré el “profesor de autoescuela”.
-¿Por qué?-dije.
-Porque el maleante de la primera vez ha vuelto con secuaces y están haciendo carreras callejeras contra la policía.-comentó Clara.
-Y la única manera de detenerlos es apostando y ganando.-terminó Iván.
-¿Carreras callejeras?-Pelayo agarró su placa y las esposas.
-Pelayo, tío. ¿Qué es peor? ¿Infringir la ley o destruir y dominar por completo una ciudad?-dije.
-Vale. Pero a la mínima seáis quien seáis os arrestaré, ¿de acuerdo?
-Vale.
Los chicos excepto Álvaro estuvimos poniendo a punto todos los coches, las carreras y las apuestas bajo la estricta supervisión de Pelayo. Las chicas y Álvaro estuvieron sacándose el carné de conducir y aprendiendo a realizar maniobras sencillas. Tras eso nos cambiamos de ropa por unos chándales, cenamos y nos fuimos a la cama.
Al día siguiente alguien llamó a la puerta.
Me vestí rápidamente y bajé las escaleras de la mansión cuando el mayordomo abrió la puerta. Detrás había un chico delgado con gafas, un mazo de cartas en el cinturón, pantalones negros, bien peinado, y con una corbata pequeña.
-Buenos días. ¿Se encuentra Clara ahora mismo en casa?
-Sí,-respondió en mayordomo-enseguida se lo comunicaré.
-Gracias.
El chico esperó en el hall, hasta que yo bajé.
-Hola.-me dijo.
-Hola. Buenos días.-contesté.
-¿Tú eres el novio de Clara?
-¿Yo? ¡Qué va! Sólo soy un amigo. ¿Clara tiene novio?
-No lo sé. Sólo he soltado lo primero que se me ha ocurrido, ja, ja, ja. Me llamo Óscar.
-Yo soy Fran. Encantado.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Capítulo séptimo

Capítulo 7: El Cazador Nocturno
El cansancio se hacía cada vez mayor, pero teníamos que aguantar. De una reja nueva salió Pelayo, que se acercó a nosotros.
-¿Qué está pasando aquí?
-Que nos sueltan fieras y tenemos que matarlas para salvar a Amanda y Julien, que son los que quedan cautivos.
-Ah, bien.
Las pistolas de Pelayo estaban en el suelo. Él las cogió, las cargó y se las guardó. Esta vez, lo que soltaron fueron unos lobos blancos, cuyos colmillos desprendían un halo de hielo. Sus ojos rojos penetraban el cuerpo en una mirada, y sus fauces no se cerraban. Tras unos minutos de tensión vencimos a sólo dos de los lobos, de cuatro que había en total. Abrieron la última reja, de la que salieron Julien y Amanda corriendo.
-¿Qué os pasa?-dijo Pelayo. Estaban completamente sofocados.
-¡En… en la… en la celda había escrito… que… el último combate sería contra el mejor y más sanguinario cazador de todos!-dijeron a dúo.
-¡Bueno, pero vamos a acabar con estos primero!
Derrotamos también a los lobos que quedaban con una mezcla de magia y disparos, mientras Julien y Amanda se cubrían tras nosotros. Al acabar, estábamos todos cansados y sudando. Se llevaron a todos los lobos del coliseo y de la reja salió un hombre con la calavera de una cría de Yiazmat, de seis metros de altura, la bestia más peligrosa que había existido nunca puesta en la cabeza. Sus ojos parecían los de la calavera. Una curiosidad: los yiazmat adultos miden unos quince metros de altura y siete de largo, aunque las crías son más inquietas y más peligrosas. Llevaba puesto un chaleco de cuero puro, trabajado a mano, unos pantalones cortos de piel curtida y unas botas de cuero de quimera. Musculoso como no había visto a nadie antes. Su espalda era inmensa, y su pecho descubierto tenía pelos erizados a mogollón. En la espalda tenía colgadas dos hachas de hierro con una línea amarilla. Se acercó a nosotros lentamente y escrutándonos con los ojos que se distinguían a través de la calavera. Cuando estuvo a un metro de mí, bajó la vista y me miró. Sonrió burlonamente y cogió las hachas. En un fugaz respiro, desapareció, y asestó a Amanda u golpe en la espalda, dejándola inconsciente en el suelo, de la misma manera pasó con Julien e Iván. Alba usó toda la magia que pudo, pero él absorbía los hechizos con las hachas, al igual que reflejaba las balas de Pelayo. Quedaba yo sólo en pie, cuando cayó sobre mí en picado. Crucé las espadas sobre mí y paré su ataque. Durante unos segundos que parecieron horas, saltaron chispas y más chispas del metal. Después, volvió a desaparecer y lo vi de reojo a mi espalda. Me dio en las manos, y al soltar las espadas, se guardó las hachas y juntó las manos con los puños cerrados. Cerré los ojos con fuerza ante el golpe que iba a recibir, pero de repente oí un grito que me hizo abrirlos y girarme.
-¡Fran! ¡No te rindas aún!
El grito fue seguido de un disparo de flecha que dio en el hombro al cazador y lo quedó clavado a la pared. Cuando miré atrás, Mónica y Álvaro irrumpieron en el coliseo y corrieron a reanimar a los otros. Yo cogí mis espadas y, después de dar las gracias a Mónica y Álvaro salí corriendo a por el tío. Sangraba violentamente por el orificio y estaba inconsciente, así que guardé las espadas, le quité la flecha y de un trozo de camiseta que me arranqué, le presioné y le tapé la herida y le ayudé a ponerse en pie.
-¿Por qué me ayudas?-dijo con la voz apagada.
-Yo nunca dejo tirado a nadie. A veces soy un poco cobarde, pero tengo mis momentos.-contesté.
-Uff… gracias.-contestó él.- Me gustaría ir contigo para ayudarte en lo que hagas.
-De acuerdo, pues bienvenido al grupo. Ya somos siete. Pero primero hay que curar ésta herida.
Hablé con los demás, que ya habían despertado y nos quedamos a la orilla del río Cobol. Mónica realizó una serie de curas sobre el cuerpo del cazador. Su nombre, un misterio. Pero nos dijo que le llamásemos Cazador Nocturno o Nocturno a secas, como quisiéramos. Me reveló su verdadero nombre, pero no lo diré, porque dijo que mantuviera el secreto. Lo siento mucho, soy un hombre de palabra. Tras eso… Vale… Pero un secreto es un secreto. Su nombre era Sergio. Chitón, ¿eh? Tras eso fuimos al poblado de las cazadoras de la ribera y allí terminamos de curar a Nocturno con remedios  y brebajes que Mónica tenía en su cabaña. Cuando estuvo curado, nos llevó a su poblado, que tenía un sistema anti intrusos en el bosque. Había que meterse cada vez entre dos árboles distintos para avanzar, y no perderse en él, como nos pasó la otra vez. Nocturno nos contó que era el mejor de los cazadores de su poblado, y que el jefe era su hermano. Cuando llegamos al poblado, todo era tan frío como me imaginaba que era. Analicé las expresiones de cada miembro del grupo. Casi todas se veían como apagadas, como si no quisiesen adentrarse en un lugar desconocido. Alba avanzaba mirándose las misteriosas marcas de su cuerpo, Pelayo andaba mirando a Julien y Amanda pensativo, Iván abrillantaba sus herramientas con desdén, con expresión decaída, Mónica y Álvaro iban agarrados de la mano, al igual que Julien y Amanda; y aunque Álvaro estaba en su mundo, Mónica no paraba de mirar a su alrededor, por si alguna trampa nos esperaba a la vuelta de un árbol. Pero no hubo ninguna. El trayecto desde la llanura hasta el campamento de los cazadores no fue largo. Al llegar allí, como si telepáticamente nos hubiésemos coordinado, suspiramos a la vez. Después nos miramos entre nosotros con asombro y soltamos una carcajada. Cuando recuperamos la compostura, algunos aún con la sonrisa dibujada en la boca. Sergi… esto… Nocturno nos metió en una cabaña más lúgubre que un panteón viejo; estaba llena de calaveras de distintas bestias por todos los lados. En una especie de trono hecho por el esqueleto de una bestia que no conseguí diferenciar, se encontraba sentado un hombre con una capa de piel negra a la espalda, una calavera como la de Nocturno en la cabeza y una gran espada colgada a la espalda. La capa cubría el resto de su cuerpo. Nada más verle, abría los ojos como platos y me lancé como un degenerado a por él. ¡Él fue la sombra que vi tras el pinchazo del dardo! Nocturno, en un rápido movimiento de su gran brazo, me agarró de una pierna y me hizo caer al suelo como una carga de plomo.
-¡Suéltame!-dije retorciéndome en el suelo-¡Ése es el hijo de puta que nos atacó!
-Fran-noté su seriedad-. Por favor. Luego te lo explico, pero por el momento reprime tu odio.
-¡No me da la gana, joder! ¿¡Por qué tendría que estar feliz y contento con alguien que casi nos mata!?
-Fran-repitió-. Te he dicho que te reprimas. La idea fue mía.
-¿¡Cómoooo!?-grité agarrando una de mis espadas.
Los demás me sujetaron rápidamente y Alba y Pelayo me quitaron las espadas. Cabreadísimo, me fui a una esquina y me senté encima de un taburete de huesos pelados. Me agarraba los puños con fuerza alternativamente, haciendo crujir mis huesos. Miraba a veces desafiante y otras furtivamente a Nocturno de reojo.

sábado, 23 de octubre de 2010

Capítulo sexto

Capítulo 6: ¿Tranquilidad? ¿Dónde?
Íbamos por un caminito de tierra y barro, sin problema alguno. “En cuanto lleguemos de nuevo a la casa de Clara, le pagaré el lavado, que ha hecho un gran favor en dejarnos el coche.” pensé. Alba dijo entonces:
-Elige Pelayo. ¿Negro o verde?
-¿Qué son?
-Cristales de invocación. Una bestia sale de ellos y nos ayuda en las batallas difíciles.
-Ah, bien, pues me quedo el negro. Pone Águelix.
-Bueno, pues es todo tuyo.
-Chicos, estamos llegando a las Llanuras. Id preparándoos.-dije.
-Vale.
El viaje no fue largo y las llanuras eran de un intenso color verde claro. Cuando bajamos del coche, una brisa primaveral nos acogió en ese lugar. Caminamos por la hierba y pasamos por encima de una pequeña colina con un arbolito. En la parte más extensa de la llanura, se distinguían dos poblados. Nos fuimos aproximando a ellos y vimos que en uno de ellos se erguía una bandera de vivos colores, mientras que en el otra era de colores fríos y distantes. No sabíamos a cuál ir, así que probamos suerte en el poblado de los colores vivos. Las cabañas estaban hechas de madera, pintadas de colores bonitos y cautivadores; estaban dispuestas en círculos, alrededor de una cabaña más grande, que era la de los jefes. Una vez allí llamamos a la puerta de la primera cabaña que vimos. Nos recibió una chica guapa, rubia, de ojos azules, y algo bajita.
-Oh. Forasteros. Mi nombre es Nuria y vivo en este poblado, las cazadoras de la ribera. Nos llamamos así por la proximidad del poblado al río.-nos dijo.- ¿Qué os trae por estos parajes?
-Verás, estamos buscando a una vieja amiga, se llama Mónica.-dije.
-Oh, sí, Mónica, la Magnífica. O sea, vive súper-cerca del jefe del poblado, tíos.-cambió de tono de voz al saber que éramos amigos de Mónica o yo-qué-sé por qué.-Es nuestra mejorcita de las cazadoras.
-Vale. Gracias.-dijo Alba agarrándome la mano y tirando de mí. No le iban las pijas.
-Esperad, o sea, dadle esto a Mónica, la Magnífica cuando la encontréis por si la sirve. Graciaaas.-Cogí la pulsera dorada que nos daba y cerró la puerta ante nuestras narices. Suspiré. Si todas eran así, nos esperaba una buena mañana. Seguimos andando hasta el centro del poblado, y llamamos a la puerta de la siguiente cabaña. Abrió la puerta una chica de la misma constitución que Nuria, que nos dijo su nombre, Natalia, y además nos dio otro obsequio para Mónica. Era morena, aunque solo cambiaba el color del pelo en comparación con Nuria, porque eran igual de pijas. Esta vez era un collar, del mismo material que la pulsera. Probamos suerte en la siguiente cabaña cercana, y esta vez salieron dos chicas. La primera se llamaba María y la otra, su hermana, se llamaba Andrea. Éstas nos dieron unos pendientes y un cinturón, también dorados. Entramos en la última casa que quedaba excepto la de la jefa, y al fin, Mónica abrió la puerta.
-¡Chicos! ¡Cuantísimo tiempo sin vernos! ¿Cómo os va?
-Bien, y parece que a ti también, ¿no?
-No me puedo quejar. ¿Quién son esos dos?
-Oh, estos son Julien y Amanda. Les salvamos hace poco.
-Pasad, no os quedéis en la puerta.
Mientras tomábamos unas pastas con leche de quimera y café, hablamos de lo de los héroes y lo que habíamos hecho para llegar allí. Las cabañas eran realmente espaciosas, aunque no lo pareciesen por dentro y cabíamos todos de sobra. Había estantes con cabezas de diferentes criaturas que Mónica había cazado anteriormente. Propusimos ir al poblado de enfrente, para echar una ojeada, pero Mónica se negó rotundamente. Eran sus enemigos. Álvaro se quedó con Mónica y le dio todo el conjunto dorado. Al ponérselo, daba la sensación de que Mónica era de oro. Reflejaba la luz del sol como una lámpara de araña. Nos dirigimos hacia el bosque del lado contrario de la llanura, y cuanto más nos adentrábamos, más seguros estábamos  que allí no había nadie. Íbamos en fila, en la retaguardia, Amanda y Julien. Después Iván, Pelayo y Alba. Yo encabezaba la fila. De repente oímos un fugaz sonido a nuestras espaldas. Nos giramos sobresaltados y aguanté un grito de espanto atronador. ¡Iván, Julien y Amanda habían desaparecido! Nos Juntamos espalda con espalda, al acecho de cualquier peligro. Poco después, oímos el ruido de nuevo y Alba desapareció sin más. Al rato, Pelayo se desvaneció como Alba. Al verme sólo, miraba hacia todos los lados cagado de miedo. Al notar que algo o alguien me perseguían, me lancé a correr como un loco hacia delante hasta que noté un fuerte pinchazo en la pierna. Caí al suelo, y al mirarme la pierna, tenía clavado un dardo de color verde. Vi que una sombra se acercaba a mí, cuando me dormí.  Al despertarme, estaba tirado en el suelo, y, al levantar la cabeza, vi que estaba en un coliseo. Me levanté, me sacudí el polvo y miré a mí alrededor. En la arena había un cazador de aspecto oscuro delante de mí y las gradas gritaban enfurecidas y me abucheaban. Al nivel del suelo, había seis rejas todas cerradas.
-Tras cada una de estas verjas están tus amigos, para liberarlos, tendrás que derrotarme en una pelea.
Asentí con la cabeza. En el suelo dejaron dos objetos para elegir: Una espada y una pistola. Cogí la pistola, miré si estaba cargada y apunté al cazador. Disparé, pero él esquivó la bala con un rápido movimiento. Disparé varias veces más, pero las bloqueó con una placa de hierro. Cuando se me acabaron las balas, tiré la pistola y me puse en posición de ataque mientras venía a por mí a toda velocidad. La gente de las gradas, tiraba de vez en cuando objetos, y casualmente, unas boleadoras cayeron a mis pies, así que las cogí, se las lancé y le atrapé las piernas. Cayó de rodillas, así que aproveché para acercarme, y, con todas mis fuerzas, asestarle un gran puñetazo en la cara. Cayó hacia atrás, inconsciente y con la nariz sangrando. Las gradas gritaban ahora de euforia, cuando me di la vuelta, una reja se abrió. De ella salió Iván con los ojos entrecerrados por la impresión del sol.
-¿Qué está pasando aquí?-me dijo.
-Hay que derrotar a lo que nos echen con las armas que nos den para salvar a los demás.
-Muy bien, ¿y ahora qué?
-Ahora, eso-dije señalando a una reja que se abría.
De ella salió un hombre con un cristal en la mano, nos miró y nos examinó con la mirada. Sonrió e hizo fuerza con su puño. El cristal se partió, y  desprendió una luz cegadora. Al momento, un lobo gris gigante apareció de la nada. Esta vez nos dieron a elegir la Thompson o unas espadas, qué difícil elección. Cogimos nuestras respectivas armas y nos lanzamos al ataque, pero… ¿Dónde darle? ¡Era gigante! Había que buscar su punto débil. Iván disparaba sin descanso, pero el pelaje del lobo era duro como una piedra, así que no podíamos dañarle. Los zarpazos y mordiscos eran difíciles de detener y aún más de esquivar, dado que eran de dimensiones descomunales. Cuando dio otro zarpazo, me di cuenta de que debajo del brazo tenía el pelo distinto al otro, así que se me ocurrió una idea.
-¡Iván, ¿dónde está tu cristal?!-grité.
-¡Aquí!-lo sacó del bolsillo y me lo enseñó. Era de un intenso color rojo.
-¡Rómpelo!
-¡¿Estás loco?!
-¡Hazme caso!
Se encogió de hombros, suspiró, lo lanzó al aire y le pegó un tiro. Del cristal salió una onda de energía, que nos hizo caer al cazador y a mí. Iván no cayó. Al momento, un dinosaurio gigante de color rojo fuego, con una bola de pinchos de piedra en la cola y la espalda repleta de esos mismos pinchos apareció de la nada. Era del mismo tamaño que el lobo.
-¡Ahora mándale que le ataque detrás del brazo!
-¡¿Y cómo se llamaba?!
-¡Joder! ¡Tú sabrás, es tuyo ¿no?!
-¡Ya, pero…! ¡Ah! ¡Infernux! ¡Ataca detrás de los brazos!
El lobo sentía dolor ahí, así que Iván siguió atacando hasta que el cazador retiró al lobo y nos dio la batalla por ganada. Iván retiró a Infernux del mismo modo, cosa que nos sirvió para aprender algo más sobre los cristalitos. Éste se convirtió de nuevo en cristal, e Iván se lo guardó en el bolso. El cazador se fue por donde había venido y una segunda reja se abrió. De su interior salió Alba mirándose las manos. Nos acercamos y le preguntamos qué le pasaba. Al ver sus manos, tenían unas marcas con forma de círculo, y en los hombros otros dos círculos más. En la mano izquierda, una llama. En la derecha un cubito de hielo. En el hombro derecho un rayo, y en el hombro izquierdo una gota de agua. De la reja de los misterios salió esta vez  un buey de batalla, cuya arma principal era su mirada petrificante. Sus cuernos eran ponzoñosos, y si tocaban algo lo pudrían. Lo primero que debimos hacer fue romperle los cuernos, para no tener sorpresas. Primero, Iván disparó a los cuernos, inútilmente. Alba tuvo la idea de usar el nuevo poder de hacer magia con las manos y gritó:
-¡Piro!-mientras gritaba apuntaba con su mano izquierda abierta hacia el buey.
De su mano salió una llamarada que se disparó hacia el buey, aunque no le hizo ni cosquillas. Iván y yo tratábamos de frenar al bicho para que Alba se concentrara y lo intentara de nuevo. Tras unos segundos, apuntó con la otra mano hacia el buey y gritó:
-¡Hielo!-un polvo blanco salió disparado de su mano y fue a parar a uno de los cuernos del buey, convirtiéndolo en hielo. Fui corriendo hasta el buey y le partí el cuerno de una estocada, y le dije a Alba que lo repitiese con el otro cuerno. Alba asintió y se concentró de nuevo. Al rato volvió a brotar de su mano el polvo blanco, que dio de lleno en el otro cuerno. Iván fue esta vez quien rompió el cuerno de varios disparos certeros. Así no podría envenenarnos. Ahora faltaba matarle definitivamente, teniendo especial cuidado con su mirada petrificante. Estuvimos un rato examinando sus pautas tanto ofensivas como defensivas, y al final Alba gritó:
-¡Ya lo tengo chicos! ¡Alejaos del buey, y no toquéis bajo ningún concepto el agua!
-¡¿Qué agua?!-dije yo.
Alba se tocó el hombro y apuntó a los pies del buey. Al momento, una masa de agua se concentró sobre el buey y cayó, dejándolo empapado. Después se tocó el otro hombro y lanzó esta vez un rayo hacia el bicho, dejándolo en un espectáculo de chispazos y luz. Unos hombres salieron con guantes de goma y se llevaron al buey del coliseo. El furor de las gradas ya me daba igual. Esto iba para un rato largo.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Capítulo Cinco

Capítulo 5: La cima es oscura
Alba le enseño los tres cristalitos que quedaban.
-Elige-dijo ella.
-El rojo para mí-contestó Iván.
-Vaya lo que pueden hacer estas preciosidades, ¿eh?-dije yo.
-Sí que es verdad, Fran-dijo Álvaro.
-¿Qué nombre pone en vuestro cristal?-pregunté.
-Ventix-dijo Alba.
-Infernux- prosiguió Iván.
-Tigrox-dijo Álvaro.
Seguimos durante varias horas por una carretera desolada por la guerra. Llegamos a un monte con nubes negras como el carbón rodeándolo. Allí encontraríamos a Pelayo. Pelayo era mi mejor amigo. Nos separamos cuando fue destinado al monte tinieblas a combatir a una banda de forajidos ex-prisioneros de la cárcel. Cuando nos acercamos lo suficiente, bajamos del coche despacio. No nos iba a costar encontrarle, puesto que oiríamos disparos y megáfonos. Empezamos a subir la primera cuesta del monte. Allí empezaba a hacer un calor tremendo.
Seguíamos subiendo, y tras varias caídas, avistamos un pequeña cueva con bandas policiales de “Do not Cross” así que nos acercamos a observar. Oímos a gente hablando de un plan para atrapar a alguien, y nos fuimos acercando poco a poco hasta ver una pequeña fogata encendida en el centro de ésta, con una chica al lado más bien alta, charlando con Pelayo, de complexión poco robusta, pero el chico era muy listo. Según la leyenda, también Pleyoax y Narfx eran muy buenos amigos. Con paso firme nos fuimos adentrando cada vez más y saludamos a Pelayo y a la chica.
-Buenas…-me paré. No sabía qué decir, puesto que al estar todo lleno de nubes negras no se veía nada-…lo que sea-continué.
-¡Fran!-Pelayo se levantó-¡Cuánto tiempo!, ¿no?-se acercó a mí y me abrazó- ¿Cómo estáis?
-Bien, tío, bien-respondió Iván.
-Lo mismo digo- contestó Álvaro.
-Igualmente-dijo Alba- ¿Quién es tu compi?
-Se llama Sara. Es del cuerpo de montañas de la policía galáctica.
La chica se levantó y me miró con ojos golosos.
-Encantada-me dio un beso en cada mejilla- Soy compañera de Pelayo aquí en el Monte Tinieblas-fue dando besos en la mejilla a cada uno de los presentes, excepto a Pelayo, puesto que ya se conocían- Estamos intentando atrapar a una banda de traficantes de liuritactita, el material más valioso de la galaxia. Si consiguen meterlo aquí en la Tierra… Estaríamos muy jodidos. Más que nada porque medio planeta querría hacerse con él y habría otra guerra por el control de la liuritactita, como hace ya mucho fue por el control de petróleo. Suerte que ahora todo funciona con fuerza de voluntad.
-Entiendo-contesté, un poquito molesto por su mirada.
Me acerqué a ella y la susurré, mirando a Alba: “Tengo novia, tía. No me mires así, o se pondrá celosa, y no quiero malos rollos, ¿me entiendes? No te ralles, pero es una fiera cuando se enfada.” Ella asintió y suspiró, algo decepcionada, y nos invitó a sentarnos. Nos siguió hablando durante un rato de su plan para capturarles, y claro, nos tocaría ayudar para que Pelayo pudiese venir con nosotros.
-¿No hace mucho calor aquí?- dije yo quitándome la chaqueta. Me la até de las mangas a la cintura y me volví a sentar.
-Sí.- contestó Pelayo. Deberás acostumbrarte. Siempre hace así. Al estar rodeado de nubes, hay un efecto invernadero impresionante. Será mejor que os pongáis otra ropa.
-No hemos traído más ropa- dije.
-Ahí hay un coche con ropa en el maletero. La ropa de Sara, para ti, Alba, está en la guantera-contestó él.
Cuando terminamos de cambiarnos, nos sentamos de nuevo alrededor de la fogata.
-¿Cómo es posible que la fogata no dé calor?- dije acercándome al “fuego”.
-Es un fuego luciérnaga, puesto que parece fuego, pero sólo da luz- dijo Sara.
Estuvimos hablando durante varios minutos sobre cómo podríamos detener a los traficantes, y no morir abrasados porque había asentamientos de lava repartidos por todo el monte. Salimos de la cueva en manga corta, y con pantalones cortos. Pelayo y Sara, en cambio, no se quitaron las chaquetas con la placa. Decían que eran de un tejido especial que en ciertas condiciones climatológicas abrigaban y en otras transpiraban. Continuamos andando por un pequeño desfiladero  lleno de lava, el cual nos hacía sudar. Tras superar el desfiladero, nos pusimos a escalar la cara norte del monte, porque en la sur estaban los traficantes. Varios peñascos se nos venían encima y otros se derrumbaban bajo nuestros pies. Llegamos a una estrecha grieta con las manos llenas de heridas. Descansamos en el duro suelo durante unos pocos minutos. Reemprendimos la marcha algo doloridos, pero con firmeza, sufriendo levemente en silencio. Llegamos a otro pequeño desfiladero con quemaduras  y más y más heridas, pero continuamos. Oímos voces tras horas de camino.
-¡Socorro!- una voz aguda, como la de una chica.
-¡Ayuda!- una voz algo más grave que la anterior.
Echamos a correr  siguiendo el sonido de las voces y nos escondimos tras una gran roca.
-¡Callaos de una puta vez, coño!- dijo un traficante.
Había varias cajas que desprendían un brillo morado por sus pequeñas rendijas. En el centro de la cueva, había un poste al que estaban atados una chica y un chico pidiendo ayuda. Fuimos acercándonos por ambos lados  divididos en dos grupos, Pelayo, Alba y yo por un lado, y Álvaro, Sara e Iván por otro. A medida que nos acercábamos, más brillaba la liuritactita. Los traficantes se fueron a dormir tras amordazar a los presos. Nos acercamos a hurtadillas y los presos se despertaron. Hicimos gestos de que no chillaran, y de que les íbamos a rescatar. Les quitamos las mordazas y cortamos sus ataduras con mis espadas. Salimos de la cueva en un silencio sepulcral sólo roto por los ronquidos de los traficantes. Una vez fuera, nos refugiamos en una pequeña grieta, donde cabíamos los 8 justos.
-¿Cuál es vuestro nombre?- le dije a los ex-presos.
-Yo soy Julien y esta es Amanda. Nos desarmaron y nos apresaron. Qué ropas tan raras lleváis, ¿no?
-Julien y Amanda… - Pelayo se quedó pensativo.
-¿Raras?  -dije- ¿Cómo que raras?
-Venid con nosotros -dijo Pelayo aún pensativo.
Volvimos a la cueva inicial rápidamente y una vez allí nos curamos las heridas. Preparamos unas camas plegables rápidamente, y empezamos a charlar alrededor del fuego luciérnaga.
-¿Por qué decís que nuestra ropa es rara?-dijo Alba.
-No sé… os veo como… diferentes… -dijo Julien escrutándonos a cada uno con la mirada.
-Eso ahora da igual. Ya lo hablaremos tras detener a los traficantes.-dijo Sara con mirada furtiva- ¿Os fijasteis en cuántos eran?
-Eran sólo dos, pero tenían escondido un pequeño tanque.-dijo Amanda con la voz temblorosa; tenía frío, algo que era raro  con la temperatura del aquel lugar.-pensé.
De pronto empecé a sentir frío y mi piel se puso de gallina, Alba se frotaba los  brazos y Álvaro se acurrucó hecho una bola. Iván no se inmutaba lo más mínimo, porque estaba seguro de que no lo sentía de las quemaduras. Fui al coche a por nuestra ropa de abrigo y le di mi chaqueta a Alba, porque ella tenía sólo un top y no creía que se abrigase mucho con él. Ella me lo agradeció y me di la vuelta sin mediar palabra. Me había sonrojado y no quería que me viesen así. Iván se quitó la camiseta y se la prestó a Amanda, que muy sonriente la aceptó. Sara sacó un pequeño mando a distancia con 3 botones. Apretó uno de color rojo, y de pronto, el fuego empezó a emitir llamas reales. Nos acercamos a él y hablamos sobre el plan del día siguiente. Después, exhaustos, nos fuimos a dormir. Dormimos medianamente bien, las camas eran cómodas. Por la mañana, al despertarnos, nos dimos cuenta de que ésa no era nuestra cueva. Fui a frotarme los ojos, pero tenía las manos y los pies atados. Estaba amordazado con un trapo y cuando me fijé mejor, vi que todos estaban en mi misma situación. Comprobé mi armamento. Nada. Me lo habían quitado. Pero aún tenía el cristal. Todos estaban desarmados y pensé en cómo escaparnos. Amanda dormía junto con Iván y Alba. Álvaro estaba al lado de Sara y de Julien. Yo tenía a Pelayo sobando al lado. De repente éste se despertó y me intentó decir algo, pero no pudo. Me moví a duras penas hacia otro grupito de gente y les desperté. Al no poder decir nada, no les dije que habíamos sido secuestrados, pero me pareció que ya lo sabían. Pelayo fue con Julien y no sé cómo se quitó la placa y rasgó su mordaza.
-Sujétame esto Fran.-Me di la vuelta y cogí la placa con las manos a la espalda.-Han sido los traficantes, nos han subido a la cima.-Él se acercó y cortó rápidamente las cuerdas que le aprisionaban las manos.-Gracias.-Se acarició las muñecas y con la placa de nuevo cortó también mis ataduras.-Coge la placa de Sara y ve liberando a los demás.-Asentí y me puse a ello.
Después de unos minutos estábamos todos libres, y le devolví la placa a Sara. Decidimos tres grupos; uno recuperaría las armas, el segundo vigilaría a los traficantes en caso de que hubiese problemas y el tercero buscaría la salida de aquella laberíntica cueva. Pelayo y Julien llevarían un intercomunicador y me dieron otro a mí. El grupo que buscaría las armas estaría formado por Fran, Álvaro e Iván; los vigilantes serían Sara y Pelayo; y los que buscarían la salida serían Alba, Amanda y Julien. Nos pusimos en marcha nada más acordarlo, y nos separamos a los pocos segundos. Nuestro grupo avanzaba despacio, con los sentidos alerta ante cualquier peligro. Andábamos con cuidado de no hacer ruido, cosa algo difícil, porque había piedras en el suelo y éstas crujían al pisarlas. Si nos oyesen andar nos tocaría luchar desarmados.  Tras una media hora andando, llegamos a una pequeña salita en la que había varias cajas que emitían brillo morado. Nuestras armas estaban cerca de ellas.  Cogí mis espadas, y haciendo palanca, abrí una de las cajas y cogí unos trocitos, para sacar algunos guiles para el viaje. En ese momento, Pelayo habló por el intercomunicador. Los traficantes se habían percatado de que no estábamos y nos empezaron a buscar. Álvaro cogió su baraja e Iván su ametralladora y salimos corriendo de ese lugar. El calor no nos preocupaba ya en absoluto. Cuando llegamos al encuentro de Sara y Pelayo, les dimos sus pistolas. Julien nos dijo:
-Chicos, la salida está cerca de allí, hay monstruos sueltos por culpa de los traficantes. Lo tenían todo preparado.
Nos dirigimos rápidamente hacia la salida de aquella lúgubre cueva matando a las fieras que se interponían en nuestro camino. Cansados, vimos a Alba y Amanda en un cruce de seis caminos llamando nuestra atención.
-Por aquí.-dijo Alba dándose la vuelta y tomando uno de los caminos.
-Seguidnos.-dijo Amanda haciendo lo mismo.
Avanzamos detrás de ellas hasta ver un atisbo de luz asomándose por un agujero y una sombra a su lado. Era Julien llamándonos con la mano. Repartimos las armas de cada uno y salimos de la cueva. Tropecé con un pedrusco del suelo, y bajé cayendo por la ladera hasta casi la parte más baja del monte. Me levanté, me sacudí el polvo y las pequeñas gotitas de sangre e intenté averiguar en qué parte del monte me encontraba ahora. Tenía la boca llena de arena y tierra, y una brecha en la frente. Anduve varios pasos hacia adelante, cuando escuché la voz de Pelayo.
-¿Fran? ¿Estás bien?
-Sí. Una brecha en la frente, pero bien.
-¿Es grave?
-No. Una poción y estaré como nuevo. Y en cuanto a la brecha, un par de puntos y listo. Id a la cueva a reabasteceros, los traficantes saben que ya no estamos dentro de la cueva.  Tendremos que luchar sí o sí.
-De acuerdo. Cuídate.
Pelayo colgó. Andaba con paso ligero hacia no sé dónde, cuando vi a los dos traficantes corriendo hacia mí. Desenfundé las espadas y me puse en posición de batalla. Eran muy fuertes, y en mi estado, aún lo eran más. Luchaba como podía y me sentía desfallecer con cada golpe que recibía, pero aguanté. Aguanté hasta que vinieron Pelayo y Alba a ayudarme. Alba me curó y Pelayo me dio una poción. Los traficantes se describieron como Jador y Loan. A golpes de espada, magia y disparos, conseguimos distraerles lo suficiente como para que los demás llegaran y les atraparan. Pelayo y Sara les arrestaron y confiscaron toda la liuritactita. Yo aún tenía la mía en el bolsillo. Cuando volvimos a la parte baja del monte, donde habíamos dejado el coche de Clara, Pelayo y Sara nos agradecieron la ayuda que les habíamos prestado y Pelayo propuso ir a devolver la liuritactita; antes de nada debíamos recoger a Mónica. ¿Qué hacíamos con Julien y Amanda? Se vinieron con nosotros a por Mónica, y les llevaríamos en la nave de Pelayo hasta que ellos quisieran.  Montamos los siete en el coche de Clara e introduje la llave en el hueco donde debía. El coche crecía en función de los integrantes que llevaba, aunque desde fuera se veía como si fuera normal y corriente. Nos dirigimos hacia nuestro siguiente destino: las Llanuras del verdor.

martes, 7 de septiembre de 2010

Capítulo cuatro

Capítulo 4: Una guerra que acabar
-Mira Fran, sigo preocupada por los cristalitos-me dijo Alba.
-¿Qué cristalitos?-preguntó Álvaro con curiosidad.
-Unos cristalitos con nombres grabados. Enséñaselos, Alba-dije.
Cuando Álvaro les vio, se puso su lector de Energía Libra y los miró de cerca.
-Son cristales de invocación, pero no sé usarlos-dijo él.
-Ah vale. Pásame el gris y quedaos con el que os guste-contesté.
Elegí el gris, Alba cogió el azul claro y Álvaro el blanco. Seguimos por la carretera hasta un puesto de guerrilla, el puesto avanzado 52-A.
Allí encontraríamos a Iván, luchando en una guerra por el control del territorio del puesto avanzado 59-C. Deberíamos enzarzarnos en la guerra y terminarla para que pudiera venirse con nosotros. Estaba seguro de ello. Pero Iván nos daría armas con su toque especial y seríamos capaces de usarlas bien. Al llegar a una zona desértica con marcas de disparos y explosiones nos refugiamos en el lugar más cercano; una trinchera. Allí estaba Iván con un chico negro a su lado. El único ruido que oíamos eran disparos, explosiones y gritos. Iván nos reconoció enseguida y no pasó un fusil de asalto a cada uno.
-¿Sabréis usarlo?-dijo gritando- pues… ¡más os vale aprender rápido o moriréis!
Asentimos cogiendo los fusiles y alguna granada desperdigada. Disparamos sin descanso durante 4 horas y nos retiramos, agotados, a una base de estrategias por orden de Iván.
-¿Qué estáis haciendo aquí?-preguntó.
-Veníamos a buscarte para decirte que somos los descendientes de los héroes de la leyenda de mi abuelo. Pero… ¿qué cojones está pasando aquí? ¿Nos lo puedes explicar?-dije.
-Verás, como te dije estamos en una guerra por el control del puesto avanzado 59-C y no conseguimos ganar al bando contrario. Pero esos cabrones no se rinden, aunque nosotros tampoco no rendiremos. Necesitamos un arma más potente.
-Tal vez…-dijo Alba-¿Magia?
-Sí, justo lo que nos puede hacer falta, un ataque mágico. Pero si solo atacas tú, será poco eficaz-respondió Iván.
-Pues os enseñaré y atacaremos todos juntos.-dijo ella.
-Buena idea.
Estuvimos entrenando toda la noche y todo el día siguiente, porque habían acordado una pequeña tregua. Poco después llegó el chico negro.
-¿Qué asei’ aquí?-dijo él.
Iván le explico el plan y dijo:
-De acueldo helmano (así llamaba a Iván). Saldremos mañana pol la mañana. Me llamo Erick. ¿Y vosotro’?
-Fran, Álvaro y Alba-dije señalando a cada uno.
Nos acostamos en unos sacos de dormir bastante incómodos, la verdad, después de dormir en esa cama de la mansión, dormí bastante mal. Pero como me enseñaron en la academia de espadachines: “No hay comodidad, hasta que no haya bondad”. Al despertarnos, nos aseamos y cogimos los fusiles para disimular. Cuando llegamos al campo de batalla, nos escondimos mientras Iván ganaba terreno convenciéndoles de que nos rendíamos. Tras mucha espera, Iván nos dio la señal y nos lanzamos usando magia contra el ejército enemigo. Un enemigo me dio en el bolsillo donde tenía guardado el cristal, y una luz muy fuerte nos cegó a todos. A continuación, tenía a mi lado un dragón gigante de metal rugiendo enfurecido.
Recodé justamente el nombre grabado en el cristal, cuando estaba a punto de atacarnos a todos.
-¡Metalix!-grité.
El dragón se contuvo hasta que le grité de nuevo, señalando al ejército enemigo:
-¡Ataca!
El dragón dio varios zarpazos y envió unas cuantas llamaradas, y acabó con el ejército enemigo. Todos estábamos flipando con él y me adelanté.
-¡Basta ya, Metalix!-grité de nuevo.
El dragón de amansó y se transformó de nuevo en el cristal gris, el cual cogí al aire. Todos miramos a nuestro alrededor. Nada. Silencio total. Era raro tratándose de una guerra. No había salido como lo planeado, sino mucho mejor. Aunque seguía sin saber cómo había hecho que Metalix se transformase. Iván nos llevó a todos al campamento de  nuevo y allí celebramos una pequeña fiesta (con los globos que allí había…). Oímos un ruido fortísimo al acabar la “fiesta” y salimos corriendo del campamento. Un robot gigantesco apareció y casi nos aplastó. Iván sacó su Thompson y cada uno sus correspondientes armas. Nos lanzamos de golpe contra el robot, atacando con todas nuestras fuerzas. Tras media hora luchando, Alba se desplomó sin decir nada.
-¡¡Alba!!-grité corriendo hacia ella.
Tras ella, Álvaro se desplomó de la misma manera. Y después Erick.
-¡¡Álvaro!! ¡¡Erick!!
Iván era el único que no se desplomaba. Le dije:
-¡¡Ponnos a cubierto, tío!! Si nos pillan… no llegaremos… nunca a… ganar… la…-y me desplomé también. Cuando despertamos estábamos con heridas de bala, cortes y quemaduras por todo el cuerpo. Me levanté, poco a poco, mirándome las vendas que Iván nos puso y  me toqué la cabeza. Me dolía a horrores.
-Os han envenenado-dijo Iván.
-¿Y se puede saber con qué?- le dije yo.
-Con Hellebore, un veneno que se contagia por las vías respiratorias. Es un gas químico que se acumula en bolsas de aire subterráneas. El robot debió llevarlo y al atacar os contagiasteis. Yo, al estar lejos, no me contagié.
- ¿Existe algún antídoto para contrarrestar los efectos?
-Los efectos son varios, como salivación exagerada, vómitos, dolor abdominal, parálisis de las extremidades o convulsiones. Existe un antídoto, pero sólo se encuentra en la base enemiga, y con ese robot rondando por ahí, y en vuestro estado, no llegaremos nunca.
-¿Cuánto tiempo nos queda aproximadamente?
-Unos cuantos días. Unos 4 aproximadamente.
-Suficiente para llegar a la base enemiga y recuperarnos.
Iván se fue a su saco para dormir un poco, después del gran esfuerzo que hizo por salvarnos y curar nuestras heridas. Yo también me dormí, pensando en cómo haríamos para sortear a ese cacharro mal construido. Cuando estábamos dormidos, Alba se despertó, y después Álvaro.
-¿Qué nos ha pasado?-preguntó Álvaro con la baba cayéndole por toda la cara y agarrándose el abdomen con fuerza.
- Creo que nos han envenenado con algo-contestó Alba.- Hellebore, seguro, es lo más abundante aquí. Te duele la tripa, ¿verdad? Entonces sí es Hellebore, porque con la forma en que salivas…
Álvaro sorbió la baba y se frotó la tripa. Alba tenía convulsiones en los músculos y Erick dormía completamente rígido. Yo no paré de vomitar ese día. Al despertarnos todos, Iván entró de repente con heridas de bala y cortes por todo el cuerpo. Respiraba muy rápido. Levantó la mano con cuatro frasquitos pequeños y nos los dio a cada uno. Se tumbó en su saco y se desmayó. Abrí mi frasquito y di un pequeño sorbo. Estaba ácido, pero sentí que las náuseas se me pasaban. Eran las medicinas contra el Hellebore. Nos bebimos cada uno nuestro frasco con cara de asco. A los quince minutos, nos dormimos todos de nuevo. Fue por el efecto de la medicina, que decía: Autorreposo. Al despertarnos, sabíamos que todavía teníamos algo dentro, pero que nos podíamos mover con tranquilidad. Lo mucho que nos podía pasar era unas náuseas y vómitos, y dolor abdominal, pero deberíamos conseguir más para recuperarnos del todo. Salimos de la caseta con las armas a la espalda, y caminamos hacia donde estaba el robot. Cuando llegamos allí, el robot nos vio y sacó varias cuchillas giratorias. Nosotros atacamos con todas nuestras fuerzas y a Álvaro le hizo un corte en la pierna. Se lo vendé, mientras los demás luchaban y me dijo:
-Tengo un plan, Fran.
-Cuéntame-dije yo.
-Podríamos distraerle tres y dos vais a por las medicinas.
-Sí, buena idea, ¿pero quién?
-Mira, ve con Alba a por las medicinas que los demás le entretendremos.
-De acuerdo.
Corrí hacia Alba y le conté el plan. Fuimos rápidamente hasta la base enemiga y recogimos de un pequeño frigorífico ocho frasquitos de medicina, para curarnos del todo y poder ir a nuestro siguiente destino. Cuando volvimos, Álvaro no se podía levantar, así que luchamos entre los que quedábamos contra el robot. No fue fácil. Tras largas horas de combate, estábamos agotadísimos pero Iván usó su último esfuerzo al último ataque y le reventó el brazo derecho, el cual estaba a punto de cortar a Alba por la mitad, puesto que se le paralizaron las articulaciones. Repartimos los frasquitos entre todos, bebimos el líquido de un trago y nos pusimos a luchar de nuevo. Llevábamos trece horas luchando contra esa máquina cuando, de repente sonó un chasquido y el robot se paralizó. Empezó a sonar un pitido.
-¡¡Corred!!-gritó Iván con sus últimas fuerzas.
Salimos corriendo tras coger a Alba en brazos y a Álvaro para llevarles al campamento de nuevo. El robot explotó a nuestras espaldas con un gran estruendo dejando una gran humareda y una gran llamarada creciendo del suelo, por el Hellebore. Cuando se recuperaron nuestras heridas, Iván nos dio las gracias por haber acabado con la guerra. Nos subimos al coche de Clara, el cual habíamos dejado en un lugar seguro y nos fuimos de aquel desastroso lugar.

jueves, 26 de agosto de 2010

Tercer capítulo

Capítulo 3: La ciudad de medianoche
Salí del bosque sacando un mapamundi y consultando el punto más cercano donde encontraríamos a alguien de la pandilla. El próximo destino sería La ciudad Nocturna, lugar de torneos de póker y juegos de azar. Alba y yo montamos en la moto y Alba se agarró tan fuerte a mí que me ruboricé. Nos pusimos los cascos y aceleré. Fuimos hablando por el camino.
-Me tienes que enseñar a usar la magia-dije.
-Os enseñaré a todos cuando estemos juntos. Estoy algo preocupada por los cristalitos.
-No te preocupes. Si tuviéramos que elegir me quedaré el gris.
Alba miró de cerca los cristales. Tenían nombres grabados. -Metalix, Ventix, Tigrox…-leyó Alba.
-¡Ya hemos llegado!-grité.
Un gran letrero de neón presidía la calle principal. De repente se hizo de noche sobre nuestras cabezas.
Volví a consultar el mapa con la dirección de la casa de Álvaro y nos dirigimos hacia allí. Al llegar nos bajamos de la moto. Había una placa en la pared que decía: Álvaro Nº 9. Al lado de la placa había un dibujo de una pareja de ases de póker. Llamamos a la puerta, y al abrirse nos encontramos con un mayordomo.
-¿En qué puedo ayudarles?-dijo.
-Estamos buscando a Álvaro, ¿Nos podría dejar entrar?-dije yo.
-El señorito está en un torneo de póker de Hold’em por parejas con su compañera la señorita Clara. Son los campeones de toda la ciudad. Son imbatibles juntos.
-Oh, de acuerdo. ¿Podría decirle que hemos estado y que nos busque? O mejor díganos dónde se celebra el torneo-dijo Alba.
-Si no le encuentran se lo diré. Está en la calle Full House. La entrada cuesta 50 guiles.
-De acuerdo. Gracias.
Alba y yo salimos corriendo dejando atrás los carteles de neón de la calle Full House.
Llegamos al lugar donde estaba celebrándose el torneo, pagamos y entramos. Vieron que Álvaro y Clara estaban a punto de ganar un millón de Guiles más todo lo que había en la mesa.
-Gana el equipo de los jugadores Clara y Álvaro, de nuevo,-se oía por un altavoz-con póker de ases.
Al ver salir de la sala a Clara y a Álvaro, fuimos a su encuentro.
-Enhorabuena-dijo Alba.
-Gracias-respondieron a dúo Clara y Álvaro.
-Parece que por aquí ganáis a menudo, ¿no?-dije.
-Sí, es lo más normal. Nos nombraron reyes del póker la semana pasada-dijo Álvaro.
-Ji, ji, ji-rió Alba con sarcasmo.
Salieron de la casa de apuestas y Clara silbó con fuerza. Un Lamborghini impresionante de color negro con el nombre de Clara grabado en la pintura cromada paró delante de nosotros. Quedamos con la boca abierta. El coche brillaba.
-Subid-dijo Clara sonriendo.
Los cuatro subimos al coche y el chofer aceleró. Llegamos a una gran mansión (y cuando digo grande, es grande) a la que Clara y Álvaro nos invitaron a entrar. Asentimos y al entrar nos deslumbró una gran luz. Cuando pude volver a ver supe que lo que había pasado era que una lámpara de araña de cristal gigante se había encendido. Clara nos invitó a pasar la noche en su casa y nosotros aceptamos. De todos modos, no teníamos donde dormir. Tras una cena exquisita, con caviar, muslos de pollo asados, langostas cocidas y rellenas, sopa deliciosa… fuimos a la segunda planta, donde estaban las habitaciones y nos asignaron a cada uno una habitación.  A mí me tocó la que estaba al lado de las escaleras. La cama tenía  dosel y estaba muy bien decorada. Las habitaciones eran amplias y tenían vestidor, montacargas, mesita de noche, (bueno, mesa de noche) y una lámpara que ofrecía una generosa luz. Al lado de la cama había un interruptor para apagar o encender la luz. Dormí del tirón en una cama tan cómoda como esa. Clara era muy amable. Era una chica más bien alta, de pelo negro, ojos marrones y llevaba un vestido rojo sangre con los palos del póker estampados en él. También llevaba un cinturón  con una baraja de póker  de ases, como Álvaro. Al levantarnos, el mayordomo nos acompañó de nuevo al comedor y nos sirvieron el desayuno en una larga mesa. La sala estaba decorada con numerosos cuadros colgados de la pared y el mantel tenía bordados los palos de una baraja de póker (qué raro; pensé con ironía).
-¿Y qué hay para desayunar?-pregunté sentándome
Una decena de cocineros salió de la cocina y fueron depositando jarras de leche desnatada, magdalenas de chocolate, bollos de nata, grooms de deliciosa crema, que son como bombitas de sabor, te las metes en la boca y explotan dentro dejándote la boca llena de lo que lleve dentro, y galletas caramelizadas. Cuando todos nos sentamos a la mesa invité al mayordomo a comer también, pero rechazó mi oferta. Insistí y él cedió mirando a Clara de reojo. Clara rió y asintió. Pasamos la mañana entrenando para jugar al póker. Después de comer (tan exquisita como la cena y el desayuno) el mayordomo nos hizo entrar en una sala de seguridad, porque dijo que alguien tenía un plan de destruir la cuidad mediante el siguiente torneo de póker que se celebraría esa misma noche a las once.
-¿Sabemos algo sobre el individuo?-dijo Alba.
-Sí,-contestó Clara- será el portero del casino donde se jugará el torneo.
-¿Y algo sobre su constitución?-pregunté yo.
- Alto, moreno, y muy fuerte. Vamos, como un gorila de los de siempre, de esos de dos por dos, que son como un armario de grandes-dijo Álvaro.
-Entendido-contesté.
Cogimos cada uno nuestras armas y salimos a la calle. Clara sacó las llaves del Lamborghini y me las lanzó. Las cogí al vuelo y pregunté:
-¿Y esto? ¿No jodas que…?
Clara sonrió y se metió  en el asiento de copiloto. Bajó la ventanilla y me dijo, sonriendo:
-¿Sabrás manejarlo?
Se me iluminaron los ojos y monté en el coche. Introduje la llave en su lugar y arranqué. Aceleré mientras Clara me indicaba por dónde tenía que meterme. (Si Iván estuviese aquí, estaría flipando)-pensé. Cuando llegamos a la calle Escalera máxima, bajamos del coche totalmente preparados. Nos inscribimos en el torneo y fuimos ganando una a una todas las manos. Cuando llegamos a la final, el portero dejó su sitio en la puerta y entró dentro. Se sentó enfrente de nosotros. Miramos desafiantes al mastodonte humano que se había instalado en esa silla de la mesa de apuestas. Tras unos minutos de partidas y apuestas, en la mesa había dos ases, de diamantes y tréboles respectivamente, un King, un Jack, y una Queen. El hombre habló con una voz gravísima.
-Escalera máxima-dijo extendiendo las cartas sobre la mesa. Su mano era un diez y un 9.
Sonreí de soslayo y extendí mis cartas mirando a Clara, Alba y Álvaro. Todos abrieron la boca impresionados. Mi mano consistía en los dos ases que faltaban, de picas y corazones.
-Póker de Ases- le repliqué chuleando.
El hombre rió fuertemente y entró por un conducto subterráneo preparado debajo de su silla. Le seguimos rápidamente por el mismo conducto, donde había instalada una base secreta en la que planeaba la destrucción de la ciudad. Una vez allí, desenfundamos mis espadas, el bastón y las barajas de cartas, ambos con las cuchillas preparadas. El hombre sacó un lanzacohetes de corto alcance.
-Ja, ja, ja, ja, no sobreviviréis a esta preciosidad-dijo con su voz grave.
-¿Estás seguro?-pregunté yo.
Él se enfadó y disparó hacia nosotros. Lo esquivamos con rapidez y nos lanzamos hacia él. Clara lanzó su mazo de cartas junto con Álvaro, que partieron el lanzacohetes en dos y explotó, lejos de nosotros. Alba usó su magia y yo le atacaba con mis espadas como podía. En realidad, yo no hacía mucho porque el elefante humano (no se le puede describir, en serio) me lanzaba puños como montañas de grandes y, claro, me tocaba esquivar más que atacar. Cuando empezaba a flojear, Clara le pilló desprevenido y le ató las manos a una barra de metal.
-¿Y ahora qué, eh? ¿Vas a seguir con tu plan de destrucción?-dijo Clara.
L e asestó un patada en el costado que le hizo caer al suelo. Clara me tiró su móvil. Cogí el teléfono al vuelo y me dijo que llamase a la policía. Lo hice y a los 10 minutos llegaron dos coches patrulla y nos interrogaron a todos. Arrestaron al malhechor, que nos dijo:
-Volveréis… ya lo veréis… y estaré preparado para esa ocasión.
-Sí, seguro-dijimos los cuatro a la vez. Enfundamos de nuevo nuestras armas y salimos de aquel tugurio mal pintado. Una vez fuera quise devolver las llaves a Clara pero me dijo que condujese de nuevo yo. Asentí suspirando y sonriendo a la vez. Confiaba en mí. Arranqué y nos dirigimos a su casa de nuevo. Al llegar nos recibió el mayordomo y Clara anunció:
- Mi casa es vuestra casa. Si seguís buscando a vuestros amigos, aquí podréis refugiaros.
Alba le estrechó la mano y le ofreció una esfera de fuego.
-Aprende a usarla… te será útil por aquí. Tú y yo seremos buenas amigas.
Le dimos las gracias y Álvaro vino con nosotros. Alba le guiñó un ojo a Clara y ésta sonrió, levantando el dedo pulgar en gesto de aprecio. Ella nos prestó su coche de nuevo y salimos de la ciudad por la autopista As-8 de picas. Estuvimos cinco horas en la carretera, el trecho era muy largo hasta nuestro siguiente destino.