miércoles, 22 de septiembre de 2010

Capítulo Cinco

Capítulo 5: La cima es oscura
Alba le enseño los tres cristalitos que quedaban.
-Elige-dijo ella.
-El rojo para mí-contestó Iván.
-Vaya lo que pueden hacer estas preciosidades, ¿eh?-dije yo.
-Sí que es verdad, Fran-dijo Álvaro.
-¿Qué nombre pone en vuestro cristal?-pregunté.
-Ventix-dijo Alba.
-Infernux- prosiguió Iván.
-Tigrox-dijo Álvaro.
Seguimos durante varias horas por una carretera desolada por la guerra. Llegamos a un monte con nubes negras como el carbón rodeándolo. Allí encontraríamos a Pelayo. Pelayo era mi mejor amigo. Nos separamos cuando fue destinado al monte tinieblas a combatir a una banda de forajidos ex-prisioneros de la cárcel. Cuando nos acercamos lo suficiente, bajamos del coche despacio. No nos iba a costar encontrarle, puesto que oiríamos disparos y megáfonos. Empezamos a subir la primera cuesta del monte. Allí empezaba a hacer un calor tremendo.
Seguíamos subiendo, y tras varias caídas, avistamos un pequeña cueva con bandas policiales de “Do not Cross” así que nos acercamos a observar. Oímos a gente hablando de un plan para atrapar a alguien, y nos fuimos acercando poco a poco hasta ver una pequeña fogata encendida en el centro de ésta, con una chica al lado más bien alta, charlando con Pelayo, de complexión poco robusta, pero el chico era muy listo. Según la leyenda, también Pleyoax y Narfx eran muy buenos amigos. Con paso firme nos fuimos adentrando cada vez más y saludamos a Pelayo y a la chica.
-Buenas…-me paré. No sabía qué decir, puesto que al estar todo lleno de nubes negras no se veía nada-…lo que sea-continué.
-¡Fran!-Pelayo se levantó-¡Cuánto tiempo!, ¿no?-se acercó a mí y me abrazó- ¿Cómo estáis?
-Bien, tío, bien-respondió Iván.
-Lo mismo digo- contestó Álvaro.
-Igualmente-dijo Alba- ¿Quién es tu compi?
-Se llama Sara. Es del cuerpo de montañas de la policía galáctica.
La chica se levantó y me miró con ojos golosos.
-Encantada-me dio un beso en cada mejilla- Soy compañera de Pelayo aquí en el Monte Tinieblas-fue dando besos en la mejilla a cada uno de los presentes, excepto a Pelayo, puesto que ya se conocían- Estamos intentando atrapar a una banda de traficantes de liuritactita, el material más valioso de la galaxia. Si consiguen meterlo aquí en la Tierra… Estaríamos muy jodidos. Más que nada porque medio planeta querría hacerse con él y habría otra guerra por el control de la liuritactita, como hace ya mucho fue por el control de petróleo. Suerte que ahora todo funciona con fuerza de voluntad.
-Entiendo-contesté, un poquito molesto por su mirada.
Me acerqué a ella y la susurré, mirando a Alba: “Tengo novia, tía. No me mires así, o se pondrá celosa, y no quiero malos rollos, ¿me entiendes? No te ralles, pero es una fiera cuando se enfada.” Ella asintió y suspiró, algo decepcionada, y nos invitó a sentarnos. Nos siguió hablando durante un rato de su plan para capturarles, y claro, nos tocaría ayudar para que Pelayo pudiese venir con nosotros.
-¿No hace mucho calor aquí?- dije yo quitándome la chaqueta. Me la até de las mangas a la cintura y me volví a sentar.
-Sí.- contestó Pelayo. Deberás acostumbrarte. Siempre hace así. Al estar rodeado de nubes, hay un efecto invernadero impresionante. Será mejor que os pongáis otra ropa.
-No hemos traído más ropa- dije.
-Ahí hay un coche con ropa en el maletero. La ropa de Sara, para ti, Alba, está en la guantera-contestó él.
Cuando terminamos de cambiarnos, nos sentamos de nuevo alrededor de la fogata.
-¿Cómo es posible que la fogata no dé calor?- dije acercándome al “fuego”.
-Es un fuego luciérnaga, puesto que parece fuego, pero sólo da luz- dijo Sara.
Estuvimos hablando durante varios minutos sobre cómo podríamos detener a los traficantes, y no morir abrasados porque había asentamientos de lava repartidos por todo el monte. Salimos de la cueva en manga corta, y con pantalones cortos. Pelayo y Sara, en cambio, no se quitaron las chaquetas con la placa. Decían que eran de un tejido especial que en ciertas condiciones climatológicas abrigaban y en otras transpiraban. Continuamos andando por un pequeño desfiladero  lleno de lava, el cual nos hacía sudar. Tras superar el desfiladero, nos pusimos a escalar la cara norte del monte, porque en la sur estaban los traficantes. Varios peñascos se nos venían encima y otros se derrumbaban bajo nuestros pies. Llegamos a una estrecha grieta con las manos llenas de heridas. Descansamos en el duro suelo durante unos pocos minutos. Reemprendimos la marcha algo doloridos, pero con firmeza, sufriendo levemente en silencio. Llegamos a otro pequeño desfiladero con quemaduras  y más y más heridas, pero continuamos. Oímos voces tras horas de camino.
-¡Socorro!- una voz aguda, como la de una chica.
-¡Ayuda!- una voz algo más grave que la anterior.
Echamos a correr  siguiendo el sonido de las voces y nos escondimos tras una gran roca.
-¡Callaos de una puta vez, coño!- dijo un traficante.
Había varias cajas que desprendían un brillo morado por sus pequeñas rendijas. En el centro de la cueva, había un poste al que estaban atados una chica y un chico pidiendo ayuda. Fuimos acercándonos por ambos lados  divididos en dos grupos, Pelayo, Alba y yo por un lado, y Álvaro, Sara e Iván por otro. A medida que nos acercábamos, más brillaba la liuritactita. Los traficantes se fueron a dormir tras amordazar a los presos. Nos acercamos a hurtadillas y los presos se despertaron. Hicimos gestos de que no chillaran, y de que les íbamos a rescatar. Les quitamos las mordazas y cortamos sus ataduras con mis espadas. Salimos de la cueva en un silencio sepulcral sólo roto por los ronquidos de los traficantes. Una vez fuera, nos refugiamos en una pequeña grieta, donde cabíamos los 8 justos.
-¿Cuál es vuestro nombre?- le dije a los ex-presos.
-Yo soy Julien y esta es Amanda. Nos desarmaron y nos apresaron. Qué ropas tan raras lleváis, ¿no?
-Julien y Amanda… - Pelayo se quedó pensativo.
-¿Raras?  -dije- ¿Cómo que raras?
-Venid con nosotros -dijo Pelayo aún pensativo.
Volvimos a la cueva inicial rápidamente y una vez allí nos curamos las heridas. Preparamos unas camas plegables rápidamente, y empezamos a charlar alrededor del fuego luciérnaga.
-¿Por qué decís que nuestra ropa es rara?-dijo Alba.
-No sé… os veo como… diferentes… -dijo Julien escrutándonos a cada uno con la mirada.
-Eso ahora da igual. Ya lo hablaremos tras detener a los traficantes.-dijo Sara con mirada furtiva- ¿Os fijasteis en cuántos eran?
-Eran sólo dos, pero tenían escondido un pequeño tanque.-dijo Amanda con la voz temblorosa; tenía frío, algo que era raro  con la temperatura del aquel lugar.-pensé.
De pronto empecé a sentir frío y mi piel se puso de gallina, Alba se frotaba los  brazos y Álvaro se acurrucó hecho una bola. Iván no se inmutaba lo más mínimo, porque estaba seguro de que no lo sentía de las quemaduras. Fui al coche a por nuestra ropa de abrigo y le di mi chaqueta a Alba, porque ella tenía sólo un top y no creía que se abrigase mucho con él. Ella me lo agradeció y me di la vuelta sin mediar palabra. Me había sonrojado y no quería que me viesen así. Iván se quitó la camiseta y se la prestó a Amanda, que muy sonriente la aceptó. Sara sacó un pequeño mando a distancia con 3 botones. Apretó uno de color rojo, y de pronto, el fuego empezó a emitir llamas reales. Nos acercamos a él y hablamos sobre el plan del día siguiente. Después, exhaustos, nos fuimos a dormir. Dormimos medianamente bien, las camas eran cómodas. Por la mañana, al despertarnos, nos dimos cuenta de que ésa no era nuestra cueva. Fui a frotarme los ojos, pero tenía las manos y los pies atados. Estaba amordazado con un trapo y cuando me fijé mejor, vi que todos estaban en mi misma situación. Comprobé mi armamento. Nada. Me lo habían quitado. Pero aún tenía el cristal. Todos estaban desarmados y pensé en cómo escaparnos. Amanda dormía junto con Iván y Alba. Álvaro estaba al lado de Sara y de Julien. Yo tenía a Pelayo sobando al lado. De repente éste se despertó y me intentó decir algo, pero no pudo. Me moví a duras penas hacia otro grupito de gente y les desperté. Al no poder decir nada, no les dije que habíamos sido secuestrados, pero me pareció que ya lo sabían. Pelayo fue con Julien y no sé cómo se quitó la placa y rasgó su mordaza.
-Sujétame esto Fran.-Me di la vuelta y cogí la placa con las manos a la espalda.-Han sido los traficantes, nos han subido a la cima.-Él se acercó y cortó rápidamente las cuerdas que le aprisionaban las manos.-Gracias.-Se acarició las muñecas y con la placa de nuevo cortó también mis ataduras.-Coge la placa de Sara y ve liberando a los demás.-Asentí y me puse a ello.
Después de unos minutos estábamos todos libres, y le devolví la placa a Sara. Decidimos tres grupos; uno recuperaría las armas, el segundo vigilaría a los traficantes en caso de que hubiese problemas y el tercero buscaría la salida de aquella laberíntica cueva. Pelayo y Julien llevarían un intercomunicador y me dieron otro a mí. El grupo que buscaría las armas estaría formado por Fran, Álvaro e Iván; los vigilantes serían Sara y Pelayo; y los que buscarían la salida serían Alba, Amanda y Julien. Nos pusimos en marcha nada más acordarlo, y nos separamos a los pocos segundos. Nuestro grupo avanzaba despacio, con los sentidos alerta ante cualquier peligro. Andábamos con cuidado de no hacer ruido, cosa algo difícil, porque había piedras en el suelo y éstas crujían al pisarlas. Si nos oyesen andar nos tocaría luchar desarmados.  Tras una media hora andando, llegamos a una pequeña salita en la que había varias cajas que emitían brillo morado. Nuestras armas estaban cerca de ellas.  Cogí mis espadas, y haciendo palanca, abrí una de las cajas y cogí unos trocitos, para sacar algunos guiles para el viaje. En ese momento, Pelayo habló por el intercomunicador. Los traficantes se habían percatado de que no estábamos y nos empezaron a buscar. Álvaro cogió su baraja e Iván su ametralladora y salimos corriendo de ese lugar. El calor no nos preocupaba ya en absoluto. Cuando llegamos al encuentro de Sara y Pelayo, les dimos sus pistolas. Julien nos dijo:
-Chicos, la salida está cerca de allí, hay monstruos sueltos por culpa de los traficantes. Lo tenían todo preparado.
Nos dirigimos rápidamente hacia la salida de aquella lúgubre cueva matando a las fieras que se interponían en nuestro camino. Cansados, vimos a Alba y Amanda en un cruce de seis caminos llamando nuestra atención.
-Por aquí.-dijo Alba dándose la vuelta y tomando uno de los caminos.
-Seguidnos.-dijo Amanda haciendo lo mismo.
Avanzamos detrás de ellas hasta ver un atisbo de luz asomándose por un agujero y una sombra a su lado. Era Julien llamándonos con la mano. Repartimos las armas de cada uno y salimos de la cueva. Tropecé con un pedrusco del suelo, y bajé cayendo por la ladera hasta casi la parte más baja del monte. Me levanté, me sacudí el polvo y las pequeñas gotitas de sangre e intenté averiguar en qué parte del monte me encontraba ahora. Tenía la boca llena de arena y tierra, y una brecha en la frente. Anduve varios pasos hacia adelante, cuando escuché la voz de Pelayo.
-¿Fran? ¿Estás bien?
-Sí. Una brecha en la frente, pero bien.
-¿Es grave?
-No. Una poción y estaré como nuevo. Y en cuanto a la brecha, un par de puntos y listo. Id a la cueva a reabasteceros, los traficantes saben que ya no estamos dentro de la cueva.  Tendremos que luchar sí o sí.
-De acuerdo. Cuídate.
Pelayo colgó. Andaba con paso ligero hacia no sé dónde, cuando vi a los dos traficantes corriendo hacia mí. Desenfundé las espadas y me puse en posición de batalla. Eran muy fuertes, y en mi estado, aún lo eran más. Luchaba como podía y me sentía desfallecer con cada golpe que recibía, pero aguanté. Aguanté hasta que vinieron Pelayo y Alba a ayudarme. Alba me curó y Pelayo me dio una poción. Los traficantes se describieron como Jador y Loan. A golpes de espada, magia y disparos, conseguimos distraerles lo suficiente como para que los demás llegaran y les atraparan. Pelayo y Sara les arrestaron y confiscaron toda la liuritactita. Yo aún tenía la mía en el bolsillo. Cuando volvimos a la parte baja del monte, donde habíamos dejado el coche de Clara, Pelayo y Sara nos agradecieron la ayuda que les habíamos prestado y Pelayo propuso ir a devolver la liuritactita; antes de nada debíamos recoger a Mónica. ¿Qué hacíamos con Julien y Amanda? Se vinieron con nosotros a por Mónica, y les llevaríamos en la nave de Pelayo hasta que ellos quisieran.  Montamos los siete en el coche de Clara e introduje la llave en el hueco donde debía. El coche crecía en función de los integrantes que llevaba, aunque desde fuera se veía como si fuera normal y corriente. Nos dirigimos hacia nuestro siguiente destino: las Llanuras del verdor.

martes, 7 de septiembre de 2010

Capítulo cuatro

Capítulo 4: Una guerra que acabar
-Mira Fran, sigo preocupada por los cristalitos-me dijo Alba.
-¿Qué cristalitos?-preguntó Álvaro con curiosidad.
-Unos cristalitos con nombres grabados. Enséñaselos, Alba-dije.
Cuando Álvaro les vio, se puso su lector de Energía Libra y los miró de cerca.
-Son cristales de invocación, pero no sé usarlos-dijo él.
-Ah vale. Pásame el gris y quedaos con el que os guste-contesté.
Elegí el gris, Alba cogió el azul claro y Álvaro el blanco. Seguimos por la carretera hasta un puesto de guerrilla, el puesto avanzado 52-A.
Allí encontraríamos a Iván, luchando en una guerra por el control del territorio del puesto avanzado 59-C. Deberíamos enzarzarnos en la guerra y terminarla para que pudiera venirse con nosotros. Estaba seguro de ello. Pero Iván nos daría armas con su toque especial y seríamos capaces de usarlas bien. Al llegar a una zona desértica con marcas de disparos y explosiones nos refugiamos en el lugar más cercano; una trinchera. Allí estaba Iván con un chico negro a su lado. El único ruido que oíamos eran disparos, explosiones y gritos. Iván nos reconoció enseguida y no pasó un fusil de asalto a cada uno.
-¿Sabréis usarlo?-dijo gritando- pues… ¡más os vale aprender rápido o moriréis!
Asentimos cogiendo los fusiles y alguna granada desperdigada. Disparamos sin descanso durante 4 horas y nos retiramos, agotados, a una base de estrategias por orden de Iván.
-¿Qué estáis haciendo aquí?-preguntó.
-Veníamos a buscarte para decirte que somos los descendientes de los héroes de la leyenda de mi abuelo. Pero… ¿qué cojones está pasando aquí? ¿Nos lo puedes explicar?-dije.
-Verás, como te dije estamos en una guerra por el control del puesto avanzado 59-C y no conseguimos ganar al bando contrario. Pero esos cabrones no se rinden, aunque nosotros tampoco no rendiremos. Necesitamos un arma más potente.
-Tal vez…-dijo Alba-¿Magia?
-Sí, justo lo que nos puede hacer falta, un ataque mágico. Pero si solo atacas tú, será poco eficaz-respondió Iván.
-Pues os enseñaré y atacaremos todos juntos.-dijo ella.
-Buena idea.
Estuvimos entrenando toda la noche y todo el día siguiente, porque habían acordado una pequeña tregua. Poco después llegó el chico negro.
-¿Qué asei’ aquí?-dijo él.
Iván le explico el plan y dijo:
-De acueldo helmano (así llamaba a Iván). Saldremos mañana pol la mañana. Me llamo Erick. ¿Y vosotro’?
-Fran, Álvaro y Alba-dije señalando a cada uno.
Nos acostamos en unos sacos de dormir bastante incómodos, la verdad, después de dormir en esa cama de la mansión, dormí bastante mal. Pero como me enseñaron en la academia de espadachines: “No hay comodidad, hasta que no haya bondad”. Al despertarnos, nos aseamos y cogimos los fusiles para disimular. Cuando llegamos al campo de batalla, nos escondimos mientras Iván ganaba terreno convenciéndoles de que nos rendíamos. Tras mucha espera, Iván nos dio la señal y nos lanzamos usando magia contra el ejército enemigo. Un enemigo me dio en el bolsillo donde tenía guardado el cristal, y una luz muy fuerte nos cegó a todos. A continuación, tenía a mi lado un dragón gigante de metal rugiendo enfurecido.
Recodé justamente el nombre grabado en el cristal, cuando estaba a punto de atacarnos a todos.
-¡Metalix!-grité.
El dragón se contuvo hasta que le grité de nuevo, señalando al ejército enemigo:
-¡Ataca!
El dragón dio varios zarpazos y envió unas cuantas llamaradas, y acabó con el ejército enemigo. Todos estábamos flipando con él y me adelanté.
-¡Basta ya, Metalix!-grité de nuevo.
El dragón de amansó y se transformó de nuevo en el cristal gris, el cual cogí al aire. Todos miramos a nuestro alrededor. Nada. Silencio total. Era raro tratándose de una guerra. No había salido como lo planeado, sino mucho mejor. Aunque seguía sin saber cómo había hecho que Metalix se transformase. Iván nos llevó a todos al campamento de  nuevo y allí celebramos una pequeña fiesta (con los globos que allí había…). Oímos un ruido fortísimo al acabar la “fiesta” y salimos corriendo del campamento. Un robot gigantesco apareció y casi nos aplastó. Iván sacó su Thompson y cada uno sus correspondientes armas. Nos lanzamos de golpe contra el robot, atacando con todas nuestras fuerzas. Tras media hora luchando, Alba se desplomó sin decir nada.
-¡¡Alba!!-grité corriendo hacia ella.
Tras ella, Álvaro se desplomó de la misma manera. Y después Erick.
-¡¡Álvaro!! ¡¡Erick!!
Iván era el único que no se desplomaba. Le dije:
-¡¡Ponnos a cubierto, tío!! Si nos pillan… no llegaremos… nunca a… ganar… la…-y me desplomé también. Cuando despertamos estábamos con heridas de bala, cortes y quemaduras por todo el cuerpo. Me levanté, poco a poco, mirándome las vendas que Iván nos puso y  me toqué la cabeza. Me dolía a horrores.
-Os han envenenado-dijo Iván.
-¿Y se puede saber con qué?- le dije yo.
-Con Hellebore, un veneno que se contagia por las vías respiratorias. Es un gas químico que se acumula en bolsas de aire subterráneas. El robot debió llevarlo y al atacar os contagiasteis. Yo, al estar lejos, no me contagié.
- ¿Existe algún antídoto para contrarrestar los efectos?
-Los efectos son varios, como salivación exagerada, vómitos, dolor abdominal, parálisis de las extremidades o convulsiones. Existe un antídoto, pero sólo se encuentra en la base enemiga, y con ese robot rondando por ahí, y en vuestro estado, no llegaremos nunca.
-¿Cuánto tiempo nos queda aproximadamente?
-Unos cuantos días. Unos 4 aproximadamente.
-Suficiente para llegar a la base enemiga y recuperarnos.
Iván se fue a su saco para dormir un poco, después del gran esfuerzo que hizo por salvarnos y curar nuestras heridas. Yo también me dormí, pensando en cómo haríamos para sortear a ese cacharro mal construido. Cuando estábamos dormidos, Alba se despertó, y después Álvaro.
-¿Qué nos ha pasado?-preguntó Álvaro con la baba cayéndole por toda la cara y agarrándose el abdomen con fuerza.
- Creo que nos han envenenado con algo-contestó Alba.- Hellebore, seguro, es lo más abundante aquí. Te duele la tripa, ¿verdad? Entonces sí es Hellebore, porque con la forma en que salivas…
Álvaro sorbió la baba y se frotó la tripa. Alba tenía convulsiones en los músculos y Erick dormía completamente rígido. Yo no paré de vomitar ese día. Al despertarnos todos, Iván entró de repente con heridas de bala y cortes por todo el cuerpo. Respiraba muy rápido. Levantó la mano con cuatro frasquitos pequeños y nos los dio a cada uno. Se tumbó en su saco y se desmayó. Abrí mi frasquito y di un pequeño sorbo. Estaba ácido, pero sentí que las náuseas se me pasaban. Eran las medicinas contra el Hellebore. Nos bebimos cada uno nuestro frasco con cara de asco. A los quince minutos, nos dormimos todos de nuevo. Fue por el efecto de la medicina, que decía: Autorreposo. Al despertarnos, sabíamos que todavía teníamos algo dentro, pero que nos podíamos mover con tranquilidad. Lo mucho que nos podía pasar era unas náuseas y vómitos, y dolor abdominal, pero deberíamos conseguir más para recuperarnos del todo. Salimos de la caseta con las armas a la espalda, y caminamos hacia donde estaba el robot. Cuando llegamos allí, el robot nos vio y sacó varias cuchillas giratorias. Nosotros atacamos con todas nuestras fuerzas y a Álvaro le hizo un corte en la pierna. Se lo vendé, mientras los demás luchaban y me dijo:
-Tengo un plan, Fran.
-Cuéntame-dije yo.
-Podríamos distraerle tres y dos vais a por las medicinas.
-Sí, buena idea, ¿pero quién?
-Mira, ve con Alba a por las medicinas que los demás le entretendremos.
-De acuerdo.
Corrí hacia Alba y le conté el plan. Fuimos rápidamente hasta la base enemiga y recogimos de un pequeño frigorífico ocho frasquitos de medicina, para curarnos del todo y poder ir a nuestro siguiente destino. Cuando volvimos, Álvaro no se podía levantar, así que luchamos entre los que quedábamos contra el robot. No fue fácil. Tras largas horas de combate, estábamos agotadísimos pero Iván usó su último esfuerzo al último ataque y le reventó el brazo derecho, el cual estaba a punto de cortar a Alba por la mitad, puesto que se le paralizaron las articulaciones. Repartimos los frasquitos entre todos, bebimos el líquido de un trago y nos pusimos a luchar de nuevo. Llevábamos trece horas luchando contra esa máquina cuando, de repente sonó un chasquido y el robot se paralizó. Empezó a sonar un pitido.
-¡¡Corred!!-gritó Iván con sus últimas fuerzas.
Salimos corriendo tras coger a Alba en brazos y a Álvaro para llevarles al campamento de nuevo. El robot explotó a nuestras espaldas con un gran estruendo dejando una gran humareda y una gran llamarada creciendo del suelo, por el Hellebore. Cuando se recuperaron nuestras heridas, Iván nos dio las gracias por haber acabado con la guerra. Nos subimos al coche de Clara, el cual habíamos dejado en un lugar seguro y nos fuimos de aquel desastroso lugar.