Capítulo 4: Una guerra que acabar
-Mira Fran, sigo preocupada por los cristalitos-me dijo Alba.
-¿Qué cristalitos?-preguntó Álvaro con curiosidad.
-Unos cristalitos con nombres grabados. Enséñaselos, Alba-dije.
Cuando Álvaro les vio, se puso su lector de Energía Libra y los miró de cerca.
-Son cristales de invocación, pero no sé usarlos-dijo él.
-Ah vale. Pásame el gris y quedaos con el que os guste-contesté.
Elegí el gris, Alba cogió el azul claro y Álvaro el blanco. Seguimos por la carretera hasta un puesto de guerrilla, el puesto avanzado 52-A.
Allí encontraríamos a Iván, luchando en una guerra por el control del territorio del puesto avanzado 59-C. Deberíamos enzarzarnos en la guerra y terminarla para que pudiera venirse con nosotros. Estaba seguro de ello. Pero Iván nos daría armas con su toque especial y seríamos capaces de usarlas bien. Al llegar a una zona desértica con marcas de disparos y explosiones nos refugiamos en el lugar más cercano; una trinchera. Allí estaba Iván con un chico negro a su lado. El único ruido que oíamos eran disparos, explosiones y gritos. Iván nos reconoció enseguida y no pasó un fusil de asalto a cada uno.
-¿Sabréis usarlo?-dijo gritando- pues… ¡más os vale aprender rápido o moriréis!
Asentimos cogiendo los fusiles y alguna granada desperdigada. Disparamos sin descanso durante 4 horas y nos retiramos, agotados, a una base de estrategias por orden de Iván.
-¿Qué estáis haciendo aquí?-preguntó.
-Veníamos a buscarte para decirte que somos los descendientes de los héroes de la leyenda de mi abuelo. Pero… ¿qué cojones está pasando aquí? ¿Nos lo puedes explicar?-dije.
-Verás, como te dije estamos en una guerra por el control del puesto avanzado 59-C y no conseguimos ganar al bando contrario. Pero esos cabrones no se rinden, aunque nosotros tampoco no rendiremos. Necesitamos un arma más potente.
-Tal vez…-dijo Alba-¿Magia?
-Sí, justo lo que nos puede hacer falta, un ataque mágico. Pero si solo atacas tú, será poco eficaz-respondió Iván.
-Pues os enseñaré y atacaremos todos juntos.-dijo ella.
-Buena idea.
Estuvimos entrenando toda la noche y todo el día siguiente, porque habían acordado una pequeña tregua. Poco después llegó el chico negro.
-¿Qué asei’ aquí?-dijo él.
Iván le explico el plan y dijo:
-De acueldo helmano (así llamaba a Iván). Saldremos mañana pol la mañana. Me llamo Erick. ¿Y vosotro’?
-Fran, Álvaro y Alba-dije señalando a cada uno.
Nos acostamos en unos sacos de dormir bastante incómodos, la verdad, después de dormir en esa cama de la mansión, dormí bastante mal. Pero como me enseñaron en la academia de espadachines: “No hay comodidad, hasta que no haya bondad”. Al despertarnos, nos aseamos y cogimos los fusiles para disimular. Cuando llegamos al campo de batalla, nos escondimos mientras Iván ganaba terreno convenciéndoles de que nos rendíamos. Tras mucha espera, Iván nos dio la señal y nos lanzamos usando magia contra el ejército enemigo. Un enemigo me dio en el bolsillo donde tenía guardado el cristal, y una luz muy fuerte nos cegó a todos. A continuación, tenía a mi lado un dragón gigante de metal rugiendo enfurecido.
Recodé justamente el nombre grabado en el cristal, cuando estaba a punto de atacarnos a todos.
-¡Metalix!-grité.
El dragón se contuvo hasta que le grité de nuevo, señalando al ejército enemigo:
-¡Ataca!
El dragón dio varios zarpazos y envió unas cuantas llamaradas, y acabó con el ejército enemigo. Todos estábamos flipando con él y me adelanté.
-¡Basta ya, Metalix!-grité de nuevo.
El dragón de amansó y se transformó de nuevo en el cristal gris, el cual cogí al aire. Todos miramos a nuestro alrededor. Nada. Silencio total. Era raro tratándose de una guerra. No había salido como lo planeado, sino mucho mejor. Aunque seguía sin saber cómo había hecho que Metalix se transformase. Iván nos llevó a todos al campamento de nuevo y allí celebramos una pequeña fiesta (con los globos que allí había…). Oímos un ruido fortísimo al acabar la “fiesta” y salimos corriendo del campamento. Un robot gigantesco apareció y casi nos aplastó. Iván sacó su Thompson y cada uno sus correspondientes armas. Nos lanzamos de golpe contra el robot, atacando con todas nuestras fuerzas. Tras media hora luchando, Alba se desplomó sin decir nada.
-¡¡Alba!!-grité corriendo hacia ella.
Tras ella, Álvaro se desplomó de la misma manera. Y después Erick.
-¡¡Álvaro!! ¡¡Erick!!
Iván era el único que no se desplomaba. Le dije:
-¡¡Ponnos a cubierto, tío!! Si nos pillan… no llegaremos… nunca a… ganar… la…-y me desplomé también. Cuando despertamos estábamos con heridas de bala, cortes y quemaduras por todo el cuerpo. Me levanté, poco a poco, mirándome las vendas que Iván nos puso y me toqué la cabeza. Me dolía a horrores.
-Os han envenenado-dijo Iván.
-¿Y se puede saber con qué?- le dije yo.
-Con Hellebore, un veneno que se contagia por las vías respiratorias. Es un gas químico que se acumula en bolsas de aire subterráneas. El robot debió llevarlo y al atacar os contagiasteis. Yo, al estar lejos, no me contagié.
- ¿Existe algún antídoto para contrarrestar los efectos?
-Los efectos son varios, como salivación exagerada, vómitos, dolor abdominal, parálisis de las extremidades o convulsiones. Existe un antídoto, pero sólo se encuentra en la base enemiga, y con ese robot rondando por ahí, y en vuestro estado, no llegaremos nunca.
-¿Cuánto tiempo nos queda aproximadamente?
-Unos cuantos días. Unos 4 aproximadamente.
-Suficiente para llegar a la base enemiga y recuperarnos.
Iván se fue a su saco para dormir un poco, después del gran esfuerzo que hizo por salvarnos y curar nuestras heridas. Yo también me dormí, pensando en cómo haríamos para sortear a ese cacharro mal construido. Cuando estábamos dormidos, Alba se despertó, y después Álvaro.
-¿Qué nos ha pasado?-preguntó Álvaro con la baba cayéndole por toda la cara y agarrándose el abdomen con fuerza.
- Creo que nos han envenenado con algo-contestó Alba.- Hellebore, seguro, es lo más abundante aquí. Te duele la tripa, ¿verdad? Entonces sí es Hellebore, porque con la forma en que salivas…
Álvaro sorbió la baba y se frotó la tripa. Alba tenía convulsiones en los músculos y Erick dormía completamente rígido. Yo no paré de vomitar ese día. Al despertarnos todos, Iván entró de repente con heridas de bala y cortes por todo el cuerpo. Respiraba muy rápido. Levantó la mano con cuatro frasquitos pequeños y nos los dio a cada uno. Se tumbó en su saco y se desmayó. Abrí mi frasquito y di un pequeño sorbo. Estaba ácido, pero sentí que las náuseas se me pasaban. Eran las medicinas contra el Hellebore. Nos bebimos cada uno nuestro frasco con cara de asco. A los quince minutos, nos dormimos todos de nuevo. Fue por el efecto de la medicina, que decía: Autorreposo. Al despertarnos, sabíamos que todavía teníamos algo dentro, pero que nos podíamos mover con tranquilidad. Lo mucho que nos podía pasar era unas náuseas y vómitos, y dolor abdominal, pero deberíamos conseguir más para recuperarnos del todo. Salimos de la caseta con las armas a la espalda, y caminamos hacia donde estaba el robot. Cuando llegamos allí, el robot nos vio y sacó varias cuchillas giratorias. Nosotros atacamos con todas nuestras fuerzas y a Álvaro le hizo un corte en la pierna. Se lo vendé, mientras los demás luchaban y me dijo:
-Tengo un plan, Fran.
-Cuéntame-dije yo.
-Podríamos distraerle tres y dos vais a por las medicinas.
-Sí, buena idea, ¿pero quién?
-Mira, ve con Alba a por las medicinas que los demás le entretendremos.
-De acuerdo.
Corrí hacia Alba y le conté el plan. Fuimos rápidamente hasta la base enemiga y recogimos de un pequeño frigorífico ocho frasquitos de medicina, para curarnos del todo y poder ir a nuestro siguiente destino. Cuando volvimos, Álvaro no se podía levantar, así que luchamos entre los que quedábamos contra el robot. No fue fácil. Tras largas horas de combate, estábamos agotadísimos pero Iván usó su último esfuerzo al último ataque y le reventó el brazo derecho, el cual estaba a punto de cortar a Alba por la mitad, puesto que se le paralizaron las articulaciones. Repartimos los frasquitos entre todos, bebimos el líquido de un trago y nos pusimos a luchar de nuevo. Llevábamos trece horas luchando contra esa máquina cuando, de repente sonó un chasquido y el robot se paralizó. Empezó a sonar un pitido.
-¡¡Corred!!-gritó Iván con sus últimas fuerzas.
Salimos corriendo tras coger a Alba en brazos y a Álvaro para llevarles al campamento de nuevo. El robot explotó a nuestras espaldas con un gran estruendo dejando una gran humareda y una gran llamarada creciendo del suelo, por el Hellebore. Cuando se recuperaron nuestras heridas, Iván nos dio las gracias por haber acabado con la guerra. Nos subimos al coche de Clara, el cual habíamos dejado en un lugar seguro y nos fuimos de aquel desastroso lugar.
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