Capítulo 5: La cima es oscura
Alba le enseño los tres cristalitos que quedaban.
-Elige-dijo ella.
-El rojo para mí-contestó Iván.
-Vaya lo que pueden hacer estas preciosidades, ¿eh?-dije yo.
-Sí que es verdad, Fran-dijo Álvaro.
-¿Qué nombre pone en vuestro cristal?-pregunté.
-Ventix-dijo Alba.
-Infernux- prosiguió Iván.
-Tigrox-dijo Álvaro.
Seguimos durante varias horas por una carretera desolada por la guerra. Llegamos a un monte con nubes negras como el carbón rodeándolo. Allí encontraríamos a Pelayo. Pelayo era mi mejor amigo. Nos separamos cuando fue destinado al monte tinieblas a combatir a una banda de forajidos ex-prisioneros de la cárcel. Cuando nos acercamos lo suficiente, bajamos del coche despacio. No nos iba a costar encontrarle, puesto que oiríamos disparos y megáfonos. Empezamos a subir la primera cuesta del monte. Allí empezaba a hacer un calor tremendo.
Seguíamos subiendo, y tras varias caídas, avistamos un pequeña cueva con bandas policiales de “Do not Cross” así que nos acercamos a observar. Oímos a gente hablando de un plan para atrapar a alguien, y nos fuimos acercando poco a poco hasta ver una pequeña fogata encendida en el centro de ésta, con una chica al lado más bien alta, charlando con Pelayo, de complexión poco robusta, pero el chico era muy listo. Según la leyenda, también Pleyoax y Narfx eran muy buenos amigos. Con paso firme nos fuimos adentrando cada vez más y saludamos a Pelayo y a la chica.
-Buenas…-me paré. No sabía qué decir, puesto que al estar todo lleno de nubes negras no se veía nada-…lo que sea-continué.
-¡Fran!-Pelayo se levantó-¡Cuánto tiempo!, ¿no?-se acercó a mí y me abrazó- ¿Cómo estáis?
-Bien, tío, bien-respondió Iván.
-Lo mismo digo- contestó Álvaro.
-Igualmente-dijo Alba- ¿Quién es tu compi?
-Se llama Sara. Es del cuerpo de montañas de la policía galáctica.
La chica se levantó y me miró con ojos golosos.
-Encantada-me dio un beso en cada mejilla- Soy compañera de Pelayo aquí en el Monte Tinieblas-fue dando besos en la mejilla a cada uno de los presentes, excepto a Pelayo, puesto que ya se conocían- Estamos intentando atrapar a una banda de traficantes de liuritactita, el material más valioso de la galaxia. Si consiguen meterlo aquí en la Tierra… Estaríamos muy jodidos. Más que nada porque medio planeta querría hacerse con él y habría otra guerra por el control de la liuritactita, como hace ya mucho fue por el control de petróleo. Suerte que ahora todo funciona con fuerza de voluntad.
-Entiendo-contesté, un poquito molesto por su mirada.
Me acerqué a ella y la susurré, mirando a Alba: “Tengo novia, tía. No me mires así, o se pondrá celosa, y no quiero malos rollos, ¿me entiendes? No te ralles, pero es una fiera cuando se enfada.” Ella asintió y suspiró, algo decepcionada, y nos invitó a sentarnos. Nos siguió hablando durante un rato de su plan para capturarles, y claro, nos tocaría ayudar para que Pelayo pudiese venir con nosotros.
-¿No hace mucho calor aquí?- dije yo quitándome la chaqueta. Me la até de las mangas a la cintura y me volví a sentar.
-Sí.- contestó Pelayo. Deberás acostumbrarte. Siempre hace así. Al estar rodeado de nubes, hay un efecto invernadero impresionante. Será mejor que os pongáis otra ropa.
-No hemos traído más ropa- dije.
-Ahí hay un coche con ropa en el maletero. La ropa de Sara, para ti, Alba, está en la guantera-contestó él.
Cuando terminamos de cambiarnos, nos sentamos de nuevo alrededor de la fogata.
-¿Cómo es posible que la fogata no dé calor?- dije acercándome al “fuego”.
-Es un fuego luciérnaga, puesto que parece fuego, pero sólo da luz- dijo Sara.
Estuvimos hablando durante varios minutos sobre cómo podríamos detener a los traficantes, y no morir abrasados porque había asentamientos de lava repartidos por todo el monte. Salimos de la cueva en manga corta, y con pantalones cortos. Pelayo y Sara, en cambio, no se quitaron las chaquetas con la placa. Decían que eran de un tejido especial que en ciertas condiciones climatológicas abrigaban y en otras transpiraban. Continuamos andando por un pequeño desfiladero lleno de lava, el cual nos hacía sudar. Tras superar el desfiladero, nos pusimos a escalar la cara norte del monte, porque en la sur estaban los traficantes. Varios peñascos se nos venían encima y otros se derrumbaban bajo nuestros pies. Llegamos a una estrecha grieta con las manos llenas de heridas. Descansamos en el duro suelo durante unos pocos minutos. Reemprendimos la marcha algo doloridos, pero con firmeza, sufriendo levemente en silencio. Llegamos a otro pequeño desfiladero con quemaduras y más y más heridas, pero continuamos. Oímos voces tras horas de camino.
-¡Socorro!- una voz aguda, como la de una chica.
-¡Ayuda!- una voz algo más grave que la anterior.
Echamos a correr siguiendo el sonido de las voces y nos escondimos tras una gran roca.
-¡Callaos de una puta vez, coño!- dijo un traficante.
Había varias cajas que desprendían un brillo morado por sus pequeñas rendijas. En el centro de la cueva, había un poste al que estaban atados una chica y un chico pidiendo ayuda. Fuimos acercándonos por ambos lados divididos en dos grupos, Pelayo, Alba y yo por un lado, y Álvaro, Sara e Iván por otro. A medida que nos acercábamos, más brillaba la liuritactita. Los traficantes se fueron a dormir tras amordazar a los presos. Nos acercamos a hurtadillas y los presos se despertaron. Hicimos gestos de que no chillaran, y de que les íbamos a rescatar. Les quitamos las mordazas y cortamos sus ataduras con mis espadas. Salimos de la cueva en un silencio sepulcral sólo roto por los ronquidos de los traficantes. Una vez fuera, nos refugiamos en una pequeña grieta, donde cabíamos los 8 justos.
-¿Cuál es vuestro nombre?- le dije a los ex-presos.
-Yo soy Julien y esta es Amanda. Nos desarmaron y nos apresaron. Qué ropas tan raras lleváis, ¿no?
-Julien y Amanda… - Pelayo se quedó pensativo.
-¿Raras? -dije- ¿Cómo que raras?
-Venid con nosotros -dijo Pelayo aún pensativo.
Volvimos a la cueva inicial rápidamente y una vez allí nos curamos las heridas. Preparamos unas camas plegables rápidamente, y empezamos a charlar alrededor del fuego luciérnaga.
-¿Por qué decís que nuestra ropa es rara?-dijo Alba.
-No sé… os veo como… diferentes… -dijo Julien escrutándonos a cada uno con la mirada.
-Eso ahora da igual. Ya lo hablaremos tras detener a los traficantes.-dijo Sara con mirada furtiva- ¿Os fijasteis en cuántos eran?
-Eran sólo dos, pero tenían escondido un pequeño tanque.-dijo Amanda con la voz temblorosa; tenía frío, algo que era raro con la temperatura del aquel lugar.-pensé.
De pronto empecé a sentir frío y mi piel se puso de gallina, Alba se frotaba los brazos y Álvaro se acurrucó hecho una bola. Iván no se inmutaba lo más mínimo, porque estaba seguro de que no lo sentía de las quemaduras. Fui al coche a por nuestra ropa de abrigo y le di mi chaqueta a Alba, porque ella tenía sólo un top y no creía que se abrigase mucho con él. Ella me lo agradeció y me di la vuelta sin mediar palabra. Me había sonrojado y no quería que me viesen así. Iván se quitó la camiseta y se la prestó a Amanda, que muy sonriente la aceptó. Sara sacó un pequeño mando a distancia con 3 botones. Apretó uno de color rojo, y de pronto, el fuego empezó a emitir llamas reales. Nos acercamos a él y hablamos sobre el plan del día siguiente. Después, exhaustos, nos fuimos a dormir. Dormimos medianamente bien, las camas eran cómodas. Por la mañana, al despertarnos, nos dimos cuenta de que ésa no era nuestra cueva. Fui a frotarme los ojos, pero tenía las manos y los pies atados. Estaba amordazado con un trapo y cuando me fijé mejor, vi que todos estaban en mi misma situación. Comprobé mi armamento. Nada. Me lo habían quitado. Pero aún tenía el cristal. Todos estaban desarmados y pensé en cómo escaparnos. Amanda dormía junto con Iván y Alba. Álvaro estaba al lado de Sara y de Julien. Yo tenía a Pelayo sobando al lado. De repente éste se despertó y me intentó decir algo, pero no pudo. Me moví a duras penas hacia otro grupito de gente y les desperté. Al no poder decir nada, no les dije que habíamos sido secuestrados, pero me pareció que ya lo sabían. Pelayo fue con Julien y no sé cómo se quitó la placa y rasgó su mordaza.
-Sujétame esto Fran.-Me di la vuelta y cogí la placa con las manos a la espalda.-Han sido los traficantes, nos han subido a la cima.-Él se acercó y cortó rápidamente las cuerdas que le aprisionaban las manos.-Gracias.-Se acarició las muñecas y con la placa de nuevo cortó también mis ataduras.-Coge la placa de Sara y ve liberando a los demás.-Asentí y me puse a ello.
Después de unos minutos estábamos todos libres, y le devolví la placa a Sara. Decidimos tres grupos; uno recuperaría las armas, el segundo vigilaría a los traficantes en caso de que hubiese problemas y el tercero buscaría la salida de aquella laberíntica cueva. Pelayo y Julien llevarían un intercomunicador y me dieron otro a mí. El grupo que buscaría las armas estaría formado por Fran, Álvaro e Iván; los vigilantes serían Sara y Pelayo; y los que buscarían la salida serían Alba, Amanda y Julien. Nos pusimos en marcha nada más acordarlo, y nos separamos a los pocos segundos. Nuestro grupo avanzaba despacio, con los sentidos alerta ante cualquier peligro. Andábamos con cuidado de no hacer ruido, cosa algo difícil, porque había piedras en el suelo y éstas crujían al pisarlas. Si nos oyesen andar nos tocaría luchar desarmados. Tras una media hora andando, llegamos a una pequeña salita en la que había varias cajas que emitían brillo morado. Nuestras armas estaban cerca de ellas. Cogí mis espadas, y haciendo palanca, abrí una de las cajas y cogí unos trocitos, para sacar algunos guiles para el viaje. En ese momento, Pelayo habló por el intercomunicador. Los traficantes se habían percatado de que no estábamos y nos empezaron a buscar. Álvaro cogió su baraja e Iván su ametralladora y salimos corriendo de ese lugar. El calor no nos preocupaba ya en absoluto. Cuando llegamos al encuentro de Sara y Pelayo, les dimos sus pistolas. Julien nos dijo:
-Chicos, la salida está cerca de allí, hay monstruos sueltos por culpa de los traficantes. Lo tenían todo preparado.
Nos dirigimos rápidamente hacia la salida de aquella lúgubre cueva matando a las fieras que se interponían en nuestro camino. Cansados, vimos a Alba y Amanda en un cruce de seis caminos llamando nuestra atención.
-Por aquí.-dijo Alba dándose la vuelta y tomando uno de los caminos.
-Seguidnos.-dijo Amanda haciendo lo mismo.
Avanzamos detrás de ellas hasta ver un atisbo de luz asomándose por un agujero y una sombra a su lado. Era Julien llamándonos con la mano. Repartimos las armas de cada uno y salimos de la cueva. Tropecé con un pedrusco del suelo, y bajé cayendo por la ladera hasta casi la parte más baja del monte. Me levanté, me sacudí el polvo y las pequeñas gotitas de sangre e intenté averiguar en qué parte del monte me encontraba ahora. Tenía la boca llena de arena y tierra, y una brecha en la frente. Anduve varios pasos hacia adelante, cuando escuché la voz de Pelayo.
-¿Fran? ¿Estás bien?
-Sí. Una brecha en la frente, pero bien.
-¿Es grave?
-No. Una poción y estaré como nuevo. Y en cuanto a la brecha, un par de puntos y listo. Id a la cueva a reabasteceros, los traficantes saben que ya no estamos dentro de la cueva. Tendremos que luchar sí o sí.
-De acuerdo. Cuídate.
Pelayo colgó. Andaba con paso ligero hacia no sé dónde, cuando vi a los dos traficantes corriendo hacia mí. Desenfundé las espadas y me puse en posición de batalla. Eran muy fuertes, y en mi estado, aún lo eran más. Luchaba como podía y me sentía desfallecer con cada golpe que recibía, pero aguanté. Aguanté hasta que vinieron Pelayo y Alba a ayudarme. Alba me curó y Pelayo me dio una poción. Los traficantes se describieron como Jador y Loan. A golpes de espada, magia y disparos, conseguimos distraerles lo suficiente como para que los demás llegaran y les atraparan. Pelayo y Sara les arrestaron y confiscaron toda la liuritactita. Yo aún tenía la mía en el bolsillo. Cuando volvimos a la parte baja del monte, donde habíamos dejado el coche de Clara, Pelayo y Sara nos agradecieron la ayuda que les habíamos prestado y Pelayo propuso ir a devolver la liuritactita; antes de nada debíamos recoger a Mónica. ¿Qué hacíamos con Julien y Amanda? Se vinieron con nosotros a por Mónica, y les llevaríamos en la nave de Pelayo hasta que ellos quisieran. Montamos los siete en el coche de Clara e introduje la llave en el hueco donde debía. El coche crecía en función de los integrantes que llevaba, aunque desde fuera se veía como si fuera normal y corriente. Nos dirigimos hacia nuestro siguiente destino: las Llanuras del verdor.
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