miércoles, 27 de octubre de 2010

Capítulo séptimo

Capítulo 7: El Cazador Nocturno
El cansancio se hacía cada vez mayor, pero teníamos que aguantar. De una reja nueva salió Pelayo, que se acercó a nosotros.
-¿Qué está pasando aquí?
-Que nos sueltan fieras y tenemos que matarlas para salvar a Amanda y Julien, que son los que quedan cautivos.
-Ah, bien.
Las pistolas de Pelayo estaban en el suelo. Él las cogió, las cargó y se las guardó. Esta vez, lo que soltaron fueron unos lobos blancos, cuyos colmillos desprendían un halo de hielo. Sus ojos rojos penetraban el cuerpo en una mirada, y sus fauces no se cerraban. Tras unos minutos de tensión vencimos a sólo dos de los lobos, de cuatro que había en total. Abrieron la última reja, de la que salieron Julien y Amanda corriendo.
-¿Qué os pasa?-dijo Pelayo. Estaban completamente sofocados.
-¡En… en la… en la celda había escrito… que… el último combate sería contra el mejor y más sanguinario cazador de todos!-dijeron a dúo.
-¡Bueno, pero vamos a acabar con estos primero!
Derrotamos también a los lobos que quedaban con una mezcla de magia y disparos, mientras Julien y Amanda se cubrían tras nosotros. Al acabar, estábamos todos cansados y sudando. Se llevaron a todos los lobos del coliseo y de la reja salió un hombre con la calavera de una cría de Yiazmat, de seis metros de altura, la bestia más peligrosa que había existido nunca puesta en la cabeza. Sus ojos parecían los de la calavera. Una curiosidad: los yiazmat adultos miden unos quince metros de altura y siete de largo, aunque las crías son más inquietas y más peligrosas. Llevaba puesto un chaleco de cuero puro, trabajado a mano, unos pantalones cortos de piel curtida y unas botas de cuero de quimera. Musculoso como no había visto a nadie antes. Su espalda era inmensa, y su pecho descubierto tenía pelos erizados a mogollón. En la espalda tenía colgadas dos hachas de hierro con una línea amarilla. Se acercó a nosotros lentamente y escrutándonos con los ojos que se distinguían a través de la calavera. Cuando estuvo a un metro de mí, bajó la vista y me miró. Sonrió burlonamente y cogió las hachas. En un fugaz respiro, desapareció, y asestó a Amanda u golpe en la espalda, dejándola inconsciente en el suelo, de la misma manera pasó con Julien e Iván. Alba usó toda la magia que pudo, pero él absorbía los hechizos con las hachas, al igual que reflejaba las balas de Pelayo. Quedaba yo sólo en pie, cuando cayó sobre mí en picado. Crucé las espadas sobre mí y paré su ataque. Durante unos segundos que parecieron horas, saltaron chispas y más chispas del metal. Después, volvió a desaparecer y lo vi de reojo a mi espalda. Me dio en las manos, y al soltar las espadas, se guardó las hachas y juntó las manos con los puños cerrados. Cerré los ojos con fuerza ante el golpe que iba a recibir, pero de repente oí un grito que me hizo abrirlos y girarme.
-¡Fran! ¡No te rindas aún!
El grito fue seguido de un disparo de flecha que dio en el hombro al cazador y lo quedó clavado a la pared. Cuando miré atrás, Mónica y Álvaro irrumpieron en el coliseo y corrieron a reanimar a los otros. Yo cogí mis espadas y, después de dar las gracias a Mónica y Álvaro salí corriendo a por el tío. Sangraba violentamente por el orificio y estaba inconsciente, así que guardé las espadas, le quité la flecha y de un trozo de camiseta que me arranqué, le presioné y le tapé la herida y le ayudé a ponerse en pie.
-¿Por qué me ayudas?-dijo con la voz apagada.
-Yo nunca dejo tirado a nadie. A veces soy un poco cobarde, pero tengo mis momentos.-contesté.
-Uff… gracias.-contestó él.- Me gustaría ir contigo para ayudarte en lo que hagas.
-De acuerdo, pues bienvenido al grupo. Ya somos siete. Pero primero hay que curar ésta herida.
Hablé con los demás, que ya habían despertado y nos quedamos a la orilla del río Cobol. Mónica realizó una serie de curas sobre el cuerpo del cazador. Su nombre, un misterio. Pero nos dijo que le llamásemos Cazador Nocturno o Nocturno a secas, como quisiéramos. Me reveló su verdadero nombre, pero no lo diré, porque dijo que mantuviera el secreto. Lo siento mucho, soy un hombre de palabra. Tras eso… Vale… Pero un secreto es un secreto. Su nombre era Sergio. Chitón, ¿eh? Tras eso fuimos al poblado de las cazadoras de la ribera y allí terminamos de curar a Nocturno con remedios  y brebajes que Mónica tenía en su cabaña. Cuando estuvo curado, nos llevó a su poblado, que tenía un sistema anti intrusos en el bosque. Había que meterse cada vez entre dos árboles distintos para avanzar, y no perderse en él, como nos pasó la otra vez. Nocturno nos contó que era el mejor de los cazadores de su poblado, y que el jefe era su hermano. Cuando llegamos al poblado, todo era tan frío como me imaginaba que era. Analicé las expresiones de cada miembro del grupo. Casi todas se veían como apagadas, como si no quisiesen adentrarse en un lugar desconocido. Alba avanzaba mirándose las misteriosas marcas de su cuerpo, Pelayo andaba mirando a Julien y Amanda pensativo, Iván abrillantaba sus herramientas con desdén, con expresión decaída, Mónica y Álvaro iban agarrados de la mano, al igual que Julien y Amanda; y aunque Álvaro estaba en su mundo, Mónica no paraba de mirar a su alrededor, por si alguna trampa nos esperaba a la vuelta de un árbol. Pero no hubo ninguna. El trayecto desde la llanura hasta el campamento de los cazadores no fue largo. Al llegar allí, como si telepáticamente nos hubiésemos coordinado, suspiramos a la vez. Después nos miramos entre nosotros con asombro y soltamos una carcajada. Cuando recuperamos la compostura, algunos aún con la sonrisa dibujada en la boca. Sergi… esto… Nocturno nos metió en una cabaña más lúgubre que un panteón viejo; estaba llena de calaveras de distintas bestias por todos los lados. En una especie de trono hecho por el esqueleto de una bestia que no conseguí diferenciar, se encontraba sentado un hombre con una capa de piel negra a la espalda, una calavera como la de Nocturno en la cabeza y una gran espada colgada a la espalda. La capa cubría el resto de su cuerpo. Nada más verle, abría los ojos como platos y me lancé como un degenerado a por él. ¡Él fue la sombra que vi tras el pinchazo del dardo! Nocturno, en un rápido movimiento de su gran brazo, me agarró de una pierna y me hizo caer al suelo como una carga de plomo.
-¡Suéltame!-dije retorciéndome en el suelo-¡Ése es el hijo de puta que nos atacó!
-Fran-noté su seriedad-. Por favor. Luego te lo explico, pero por el momento reprime tu odio.
-¡No me da la gana, joder! ¿¡Por qué tendría que estar feliz y contento con alguien que casi nos mata!?
-Fran-repitió-. Te he dicho que te reprimas. La idea fue mía.
-¿¡Cómoooo!?-grité agarrando una de mis espadas.
Los demás me sujetaron rápidamente y Alba y Pelayo me quitaron las espadas. Cabreadísimo, me fui a una esquina y me senté encima de un taburete de huesos pelados. Me agarraba los puños con fuerza alternativamente, haciendo crujir mis huesos. Miraba a veces desafiante y otras furtivamente a Nocturno de reojo.

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