domingo, 23 de enero de 2011

Capítulo Doce

 Capítulo 12: El Bosque Ninja y la Villa Oculta de Nidora

Fran: Cuando estábamos luchando contra el robot, que era súper resistente, los demás vinieron corriendo con la carga de explosivos cargados a la espalda. Dejamos lo que estábamos haciendo, y de inmediato salimos corriendo por la puerta de la prisión. El recinto total de la cárcel abarcaba unos pocos kilómetros de desierto, así que estuvimos corriendo con una carga de varios kilos de explosivos a cuestas bajo un calor abrasador durante unas horas, hasta darnos cuenta de que el robot de antes nos estaba siguiendo. Iván no logró desactivar las cargas, así que hicimos lo imposible para que el robot cogiera las C4 y le estallaran a él. Después llegamos a un amplio lago donde descansamos un rato, sentados a la orilla. Al lado había un bosque un poquito frondoso en el que entramos sin pensarlo dos veces. Total, no había otro sitio al que ir.
Un bosque silencioso hasta donde alcanzaba la vista. Solo se oía el leve silbido del viento entre las hojas de los árboles. Algún que otro ruidillo de algún animalejo que moraba allí, pero nada más. Los pájaros piaban en el silencio sepulcral que allí reinaba. Al poco rato de caminar adentrándonos en el bosque, empezamos a ver varias sombras saltando de rama en rama a una velocidad vertiginosa. Comparado con esa velocidad, Nocturno era una simple liebre. A los rayos de la poca luz que ya quedaba, entreví lo que parecían shurikens y cuchillos kunai, entre otras armas ninja. Adquirimos lo que parecía una formación de ataque y defensa a la vez, al acecho de lo que pudiera ocurrir. Como esperando a que lo hiciésemos, una banda de personas tapadas por capucha lideradas por una chica morena con una bufanda negra de tela y una katana a la espalda. Tenía unos ojos preciosos y, aunque dulces, penetrantes. No llevaba camiseta, sino un sujetador metálico que le cubría todo el pecho. Se apartó con suavidad la bufanda que le cubría el rostro y descubrió sus sonrosados labios. Su pelo ondeó con la suave brisa. Sonrió mirándonos y dio una orden con un gesto de cabeza. Los ninjas que la acompañaban desparecieron al instante dejado una leve humareda, y desde los árboles, lanzaron armas ninja. Alba fue la primera en reaccionar y levantó una mano al aire.
-¡Barrera!-exclamó.
Al instante, un velo protector se extendió a nuestro alrededor, desviando los cuchillos y haciéndolos caer al suelo. De pronto, el velo desapareció y Alba cayó de rodillas abatida. Respiraba dificultosamente y de forma acelerada. Me quedé mirándola mientras los demás ya estaban luchando.
-¿Qué es lo que te ocurre?-le dije acercándome a ella.
-Me… arde…-Alba tosió, como si le estuviese ocurriendo algo por dentro- el… pecho… -Alba se agarró el pecho y se dejó caer-.
La recogí antes de que cayese y la levanté.
-¡¡PARAD TODO EL MUNDO!!-grité con todas mis fuerzas. Todos pararon de luchar y la ninja que parecía la jefa se acercó rápidamente.
-Parad todos. Dejemos la pelea para luego. Esta chica necesita atención de un ninja médico, o sea yo. Pero aquí no dispongo de lo necesario para examinarla. Llevémosla a la villa. Mi nombre es Kyuzo Tsuchiya Chan. Llamadme Kyu. No perdamos más tiempo. Vamos.
Fuimos corriendo hasta una pequeña aldea de aspecto japonés y entramos en una pagoda pequeña. Una vez allí tumbamos a Alba en una sábana y Kyu la examinó detenidamente, mientras ella tosía. Después nos mandó salir a los chicos de la sala, pero me negué rotundamente, así que nos quedamos solos Kyu, Alba y yo.
-Fran…-jadeó Alba-.Aparta la vista… por favor…
La miré largamente, la agarré de una mano y asentí. Giré la cabeza mientras Kyu levantaba la camiseta de Alba y le palpaba el pecho. Alba solía quejarse, y entonces la agarraba con más fuerza, aunque sin mirarla. Al final le volvió bajar la camiseta y me dijo que ya podía mirar.
-¿Qué es lo que le ocurre?
-Esta chica es maga “en proceso”, digamos, ¿no?
Asentí. ¿Qué quería decir?
-No es nada del otro mundo, pero esta chica necesita descansar. Tan sólo es… ¿recuerdas que antes tuviera unas marcas en el cuerpo con dibujos de los distintos elementos?
Asentí de nuevo, sorprendido.
-Lo que le ocurre es lo mismo que le pasó cuando le salieron las marcas. Cada vez que haga un hechizo nuevo le saldrá una marca como grabada a fuego y se le quitarán las anteriores ya aprendidas. Dejémosla descansar. Vamos, os enseñaré la villa un poco. Después podéis descansar en el cubil de ramen y salir de nuevo hacia vuestro siguiente destino.
Solté a Alba y le metí su mano por debajo de la sábana. Salimos de la salita y Kyu llamó a un par de ninjas; sus sirvientes, supuse. Cuando éstos llegaron, le ofrecieron una leve reverencia a Kyu.
-Éstos son mis dos mejores ninjas. El más alto es Tachikawa Sakakida san. Llámalo Tachi.
Tachi me ofreció la mano y yo, con gesto amable se la estreché. Era alto, sí pero más joven que el otro.
-El otro-continuó- es Heihachi Kosugi san. Prefiere que le llamen por su apellido. Es decir, Kosugi.
Cuando todos estuvimos reunidos, Kyu preparó un calmante para Alba y en la sala de al lado estuvimos cenando y hablando hasta las altas horas de la noche. Después, fuimos al cubil del ramen, una posada muy acogedora, y allí pasamos la noche. Todos, excepto Alba, claro, que estaba demasiado débil como para estar de un lado a otro. A la mañana siguiente, desayunamos un bol de ramen, y continuamos hacia otro destino distinto: La ciudad costera de Ecuana. Cogimos a Alba, que ya se encontraba mucho mejor, y reemprendimos nuestro periplo en busca de los que serían nuestros enemigos. Andábamos con algún que otro contratiempo por parte de Alba, pero tenía una excusa irrefutable. Al no tener coche, seguimos andando. Tampoco nos quedaba dinero, pero no sabíamos (ni siquiera él se acordaba) que Pelayo todavía tenía el comunicador de la base Astro-Naval Sunset. Veamos lo que pasó en Ecuana.

jueves, 13 de enero de 2011

Capítulo Once

Capítulo 11: La huida de la cárcel de la resistencia

-¡Hey! ¡Soltadme!-dije cuando dos policías me agarraron de los brazos y me llevaron a través de un puente metálico.
Después, otros dos cogieron a Pelayo y otros cuatro más agarraron a Iván y a Álvaro, Sergio no puso resistencia alguna a que lo empujaran brutalmente, casi haciéndole caer por el puente. Cuando se incorporó, pegó un resoplido y continuó andando. Nos metieron en una sala de torturas uno por uno  y nos interrogaron. Alba os contará lo que pasó en el resto de la cárcel.
Alba: Cuando se llevaron a los chicos, sólo quedábamos las cuatro chicas en la celda: Mónica, Cristina, Raquel y yo. Hablamos del plan anterior, y le añadimos un nuevo objetivo: Liberar a los chicos. Para ello, el plan comenzó así. Mónica se puso a chillar como una loca, cosa que suele hacer muy bien, y alertó a los guardias, que se pusieron a inspeccionar. Como las demás nos habíamos escondido en las sombras debajo de las camas, no nos vieron y abrieron la puerta. Se encontraron con un golpe en la nuca de parte de Cristina cogió una de sus ametralladoras. Ella abrió el camino entre los guardias del piso y llegamos a un ascensor en el que había un mapa. Cristina lo examinó un momento y se giró.
-Vale, chicas. A partir de ahora, haced completamente lo que yo diga o sonará la alarma.
Asentimos y en cuento la puerta se abrió nos pusimos tras una columna ocultándonos de los guardias.  Andábamos de cuclillas para no hacer mucho ruido comentando alguna que otra cosa entre nosotras Hice varias veces una magia de sigilo combinada con otra de Raquel para ser casi invisibles y no correr más riesgos. Llegamos a una sala protegida con cámaras de seguridad en las esquinas, que visualizaban toda la habitación al completo, ningún rincón se les escapaba. Allí estaban todas las armas, encima de una mesa. Raquel y yo unimos fuerzas de nuevo para hacernos invisibles y recogimos las armas mientras Cristina y Mónica desactivaban las cámaras. Las metimos dentro de una mochila marrón vieja, aunque resistente. Salimos por donde habíamos entrado  y volvimos al ascensor.
-Muy bien hecho, chicas-dijo Cristina.
Todas chocamos los cinco y Cristina volvió a mirar el mini-mapa.
-Vale -volvió a decir-. Escuchadme. Éste es el plan. Los chicos están aquí –señaló con el dedo en el mapa-. Y nosotras estamos aquí. La forma más rápida sería  bajar en el ascensor y punto, ¿no?
Todas asentimos con la cabeza.
-Me lo temía. Di el pero-dije.
-Sí, pero en la salida del ascensor hay una sala rectangular con cinco huargos guardianes especializados en detener presos -explicó Cristina-. Tenemos que elegir entre luchar contra cinco perros asesinos o dar un pequeño rodeo para entrar al piso de abajo sin vigilancia, excepto por cámaras con ametralladoras incorporadas.
Todas barajamos las posibilidades. Era difícil elegir. Al final sacudimos la cabeza y miramos de nuevo a Cristina, que tenía una sonrisa pícara en los labios.
-Lo sabía. Por eso cogí de la sala de las armas estas granadas especiales, llamadas Chaff. Sirven para inutilizar los aparatos eléctricos y mecánicos de cualquier tipo durante un corto período de tiempo.
Las chicas intercambiamos miradas de alegría y cogimos una granada cada una. Cristina Se quedó con las que sobraban y las metió en la mochila. Dimos un rodeo enorme por toda la planta superior y continuamos por el ascensor contrario. Bajamos, y cuando la puerta se abrió, Cristina tiró una de las granadas. Una nube de chispitas que se deshacían en el aire apareció con una pequeña explosión y las cámaras, como si estuvieran controladas por monos, empezaron a mirar de un lado a otro sin control alguno. Pasaos corriendo en medio de la confusión y Raquel lanzó la suya surtió el mismo efecto en las cámaras siguientes y así ocurrió sucesivamente hasta que llegamos a la puerta de la sala de torturas. Entramos con una incursión muy estruendosa, por desgracia, pero conseguimos reducir al torturador y rescatar a Pelayo de la máquina de electrocución de la que estaba colgado. Le dimos sus pistolas y nos acompañó hasta la celda en la que estaban encerrados los demás. Les devolvimos sus correspondientes armas y… bueno, que os lo siga contando Fran.

Fran: En cuanto nos liberaron, la alarma saltó y la antesala se llenó de guardias. No había otro remedio que luchar. Fuimos librándonos de los guardias hasta la sala de mandos y,  por descuido, Álvaro pulsó un botón rojo. Debajo ponía: “Autodestrucción de la cárcel. Pulsar sólo en casos de máximo peligro.”
Me llevé las manos al cabeza, asustado, y grité:
-¡Pedazo de burro! ¡¿Qué has hecho?!
-No sé…-respondió él protegiéndose con las manos-. ¡Ha sido sin querer!
-¡Que no panda el cúnico! Esto… ¡Que no cunda el pánico! ¡Sólo hay dos maneras de hacer esto y una es huir de aquí como locos y la otra es detener la autodestrucción destruyendo los explosivos por control remoto!-propuso Alba.
Todos asentimos acalorados e hicimos dos grupos: unos despejarían el camino para huir y sacar los explosivos y los otros buscaríamos los explosivos. Explosivos: Cristina, Mónica, Nocturno, Iván y Álvaro. Huida: Alba, Pelayo, Raquel y yo.
Mi grupo y yo fuimos derrotando guardias y robots asesinos que intentaban pararnos los pies, hasta que justo cuando estábamos al llegar, un robot tan grande como un castillo apareció de la parte superior de la cárcel.
  
Iván: Llegando a la sala más subterránea de la cárcel, una manada de huargos nos atacó y nos ralentizó. Pelayo habló por el intercomunicador que antes nos había prestado y comentó que la sala se encontraba protegida por una clave de seguridad oculta en algún lugar y que sólo nos quedaban dos minutos y medio para que los explosivos actuasen. En cuanto nos libramos de los molestos huargos, buscamos por todos los lados la clave de acceso, pero no aparecieron más que dos llaves. Investigamos de todas las maneras posibles las llaves hasta que Mónica las examinó de cerca, y se le ocurrió juntar los dientes de ambas llaves. A simple vista, tres letras se formaron en las llaves: RHB. Ahora teníamos dos problemas. Uno, sólo quedaba un minuto. Dos, en la combinación no había letras, sino números. Álvaro lo apuntó y me pasó el papel.
-Tú eres el listo de nuestro grupo. Es tu turno.
Agarré el trozo de papel que me tendía y lo observé con detenimiento. Cuando lo averigüé abrí los ojos como platos y le grité a Nocturno:
-¡Ocho! ¡La clave es ocho!
Nocturno introdujo la clave en la cerradura y ésta se abrió con un clic. Dentro del receptáculo se encontraban un montón de cargas enormes de C4.
-¿Cómo lo has adivinado tan rápido?-me preguntaron todos mientras intentaba desactivar las cargas.
-Os lo contaré cuando desactive esto y salgamos de aquí. Solo os recuerdo que se me dan bien las matemáticas-dije con una sonrisa de oreja a oreja.

lunes, 3 de enero de 2011

Capítulo diez

Capítulo 10: La pequeña bruja de Grivalizd

No tardamos mucho en llegar a la gran ciudad, y en cuanto pudimos aparcamos en un parking subterráneo. Nos sobraban algunos guiles así que compramos un mapa de la ciudad y un mapamundi para orientarnos. En el mapa salía Valladolid, mi ciudad natal, las llanuras del verdor, la zona bélica del continente, el valle de los vientos con el río , el desierto arabix, la meseta impía, el bosque mágico y las bases de exilio del gobierno. Deambulamos por las calles durante algún tiempo hasta que a Alba le llamó la atención un letrero en el que ponía: Escuela de Brujas y Hechiceras. Nos acercamos y leyó en voz alta de un papel que había cerca de la puerta abierta del edificio.
-“Si eres una hechicera, o te gusta la magia y quieres aprender, éste es tu lugar. Entra e infórmate” ¿Podemos entrar?
-Claro-dije-. Adelante.
Al entrar en el edificio nos encontramos en un hall con tres puertas grandes y un pequeño mostrador con una chica detrás como recepcionista. Alba se acercó a ella.
-Hola, buenos días.
-Hola-contestó la chica-. ¿Puedo ayudarte en algo?
-Querría saber acerca de esta escuela.
Hablaron durante pocos minutos y nos invitaron a entrar por una de las puertas. Allí había varias personas lanzando magias de todo tipo, blancas, verdes, rojas, oscuras y negras. Alba se sintió como en su anterior casa, el bosque, donde usaba la magia con y contra Esther; tanto para ayudarla como para combatir contra ella. Alba abandonó el grupo durante la estancia en Grivalizd y los demás fuimos a dar una vuelta. Pelayo entró en una tienda de artilugios mecánicos con Iván, Nocturno estuvo en la tienda de caza, Álvaro en el casino Lígulaca y Mónica se fue después de un rato a ver qué hacía Alba. Cuando me quedé solo deambulé por la ciudad, afilé mis espadas, y cuando me metí en un callejón, un chico rubio, bajo y con dos cuchillas curvas atadas en la cintura y una pistola en la mano me atracó.
-Eh, tú, afloja toda la guita que tengas. Y sin contemplaciones ni tonterías, chato-dijo-.
-Ni hablar del peluquín, rubiales –saqué las espadas velozmente e hice que soltara su pistola-.
-Pero, ¿qué…?
Él sacó sus armas y nos enzarzamos en una pelea, él por mi dinero y yo por defender el poco que nos quedaba.
Hola, soy Pelayo. Os voy a seguir contando la historia desde que nos separamos del grupo. Al entrar en la tienda salimos enseguida para decirle algo a Fran, pero ya no estaba. Lo busqué por todas partes, pero no lo encontré, así que di un revoloteo por la capital. Tras varias horas deambulando, la policía de la cárcel mundial andaba con los coches de un lado a otro. “Esto me da muy mala espina.” Salí corriendo detrás de los policías y en el camino me encontré con Mónica, Nocturno e Iván; les conté lo que creía que pasaba y mientras Nocturno e Iván seguían a la policía con un intercomunicador tras la policía, mientras que yo y Mónica fuimos a avisar a Alba.
-¿Que crees que ha pasado qué?-se sorprendió Alba.
-Sabiendo cómo es Fran…-contesté.
-Vale. Dejad que llame a una amiga que se quiere unir al grupo.-Alba desapareció dentro de edificio.
Fuimos a la zona en la que se concentraban todas las autoridades y ayudamos a Fran en lo que pudimos, porque le encontramos peleando contra una banda de delincuentes callejeros, y me tomaron por un corrupto. Al final acabamos de camino a las bases de exilio en un furgón de la policía de la resistencia. Los otros se escaparon y se quedaron en la ciudad, pero al final nos pillaron a todos, y no sin oponer resistencia.
El nuevo miembro del grupo era una chica muy guapa llamada Raquel, morena y de ojos marrones. De lo demás que se ocupe Fran.
Bueno, ya soy yo de nuevo. En un trayecto de baches en incomodidad a bordo del furgón, nos estuvimos presentando entre todos, incluso Nocturno se mostró bastante amable. Algo rarito por su parte… El caso es que la chica era muy simpática y abierta a todos, amable, cariñosa y nada cobarde, aunque sí un pelín tímida. ¿Recordáis lo que dije acerca de que me gustaba Alba? Pues a medida que los hechos se sucedieron, Raquel y yo nos fuimos gustando más y más hasta que… Bueno, todo a su tiempo. Volvamos al furgón. Nos desarmaron, aunque no contaron con que nuestra nueva coleguita tenía varios ases bajo la manga, primero nos desató telepáticamente de los cierres metálicos. Seguidamente Alba y ella abrieron las puertas, aunque ya era demasiado tarde. Estábamos en el Hangar de aerodeslizadores, motos aéreas, furgones como el nuestro y sobre todo muchos guardias y robots. Todo sucedió muy rápido. Nos volvieron a arrestar y nos subieron al cuarto nivel de la prisión, de máxima seguridad, nos tomaron por fugitivos peligrosos.
-Vaya, hombre-dije tras un largo silencio-. No esperaba para nada acabar aquí.
Todos suspiraron al unísono, y se oyó, tras otro amargo y tenso silencio, un grito ahogado al fondo de la celda. Era Mónica. Todos corrimos hacia ella y de las sombras, apareció una mujer alta, de pelo liso, moreno y largo, con un top y unos vaqueros ajustados; de brazos cruzados.
-Pero que tenemos aquí… Dos magas, una bruja, un espadachín, un poli corrupto, un soldadito y un cazador. ¿Y con el grupito que sois no podéis escapar trabajando en equipo?
-¿Te importa? Estamos intentando pensar, chulita-dijo Pelayo-. Si tienes alguna aportación, no te cortes, adelante. Compártela con nosotros para que al menos podamos intentarlo.
-Bueno, bueno, que el policía se nos pone rebelde-la mujer estiró un brazo con la mano abierta hacia Pelayo-. Permíteme presentarme al menos. Soy Cristina y os ayudaré en lo que pueda a escapar.
-Bueno, toda ayuda es bien recibida. Esperemos que no nos salga el tiro por la culata-dije estrechándola la mano.
-Lo primero es salir de la celda, burlando la seguridad y recuperar nuestro armamento.