Capítulo 11: La huida de la cárcel de la resistencia
-¡Hey! ¡Soltadme!-dije cuando dos policías me agarraron de los brazos y me llevaron a través de un puente metálico.
Después, otros dos cogieron a Pelayo y otros cuatro más agarraron a Iván y a Álvaro, Sergio no puso resistencia alguna a que lo empujaran brutalmente, casi haciéndole caer por el puente. Cuando se incorporó, pegó un resoplido y continuó andando. Nos metieron en una sala de torturas uno por uno y nos interrogaron. Alba os contará lo que pasó en el resto de la cárcel.
Alba: Cuando se llevaron a los chicos, sólo quedábamos las cuatro chicas en la celda: Mónica, Cristina, Raquel y yo. Hablamos del plan anterior, y le añadimos un nuevo objetivo: Liberar a los chicos. Para ello, el plan comenzó así. Mónica se puso a chillar como una loca, cosa que suele hacer muy bien, y alertó a los guardias, que se pusieron a inspeccionar. Como las demás nos habíamos escondido en las sombras debajo de las camas, no nos vieron y abrieron la puerta. Se encontraron con un golpe en la nuca de parte de Cristina cogió una de sus ametralladoras. Ella abrió el camino entre los guardias del piso y llegamos a un ascensor en el que había un mapa. Cristina lo examinó un momento y se giró.
-Vale, chicas. A partir de ahora, haced completamente lo que yo diga o sonará la alarma.
Asentimos y en cuento la puerta se abrió nos pusimos tras una columna ocultándonos de los guardias. Andábamos de cuclillas para no hacer mucho ruido comentando alguna que otra cosa entre nosotras Hice varias veces una magia de sigilo combinada con otra de Raquel para ser casi invisibles y no correr más riesgos. Llegamos a una sala protegida con cámaras de seguridad en las esquinas, que visualizaban toda la habitación al completo, ningún rincón se les escapaba. Allí estaban todas las armas, encima de una mesa. Raquel y yo unimos fuerzas de nuevo para hacernos invisibles y recogimos las armas mientras Cristina y Mónica desactivaban las cámaras. Las metimos dentro de una mochila marrón vieja, aunque resistente. Salimos por donde habíamos entrado y volvimos al ascensor.
-Muy bien hecho, chicas-dijo Cristina.
Todas chocamos los cinco y Cristina volvió a mirar el mini-mapa.
-Vale -volvió a decir-. Escuchadme. Éste es el plan. Los chicos están aquí –señaló con el dedo en el mapa-. Y nosotras estamos aquí. La forma más rápida sería bajar en el ascensor y punto, ¿no?
Todas asentimos con la cabeza.
-Me lo temía. Di el pero-dije.
-Sí, pero en la salida del ascensor hay una sala rectangular con cinco huargos guardianes especializados en detener presos -explicó Cristina-. Tenemos que elegir entre luchar contra cinco perros asesinos o dar un pequeño rodeo para entrar al piso de abajo sin vigilancia, excepto por cámaras con ametralladoras incorporadas.
Todas barajamos las posibilidades. Era difícil elegir. Al final sacudimos la cabeza y miramos de nuevo a Cristina, que tenía una sonrisa pícara en los labios.
-Lo sabía. Por eso cogí de la sala de las armas estas granadas especiales, llamadas Chaff. Sirven para inutilizar los aparatos eléctricos y mecánicos de cualquier tipo durante un corto período de tiempo.
Las chicas intercambiamos miradas de alegría y cogimos una granada cada una. Cristina Se quedó con las que sobraban y las metió en la mochila. Dimos un rodeo enorme por toda la planta superior y continuamos por el ascensor contrario. Bajamos, y cuando la puerta se abrió, Cristina tiró una de las granadas. Una nube de chispitas que se deshacían en el aire apareció con una pequeña explosión y las cámaras, como si estuvieran controladas por monos, empezaron a mirar de un lado a otro sin control alguno. Pasaos corriendo en medio de la confusión y Raquel lanzó la suya surtió el mismo efecto en las cámaras siguientes y así ocurrió sucesivamente hasta que llegamos a la puerta de la sala de torturas. Entramos con una incursión muy estruendosa, por desgracia, pero conseguimos reducir al torturador y rescatar a Pelayo de la máquina de electrocución de la que estaba colgado. Le dimos sus pistolas y nos acompañó hasta la celda en la que estaban encerrados los demás. Les devolvimos sus correspondientes armas y… bueno, que os lo siga contando Fran.
Fran: En cuanto nos liberaron, la alarma saltó y la antesala se llenó de guardias. No había otro remedio que luchar. Fuimos librándonos de los guardias hasta la sala de mandos y, por descuido, Álvaro pulsó un botón rojo. Debajo ponía: “Autodestrucción de la cárcel. Pulsar sólo en casos de máximo peligro.”
Me llevé las manos al cabeza, asustado, y grité:
-¡Pedazo de burro! ¡¿Qué has hecho?!
-No sé…-respondió él protegiéndose con las manos-. ¡Ha sido sin querer!
-¡Que no panda el cúnico! Esto… ¡Que no cunda el pánico! ¡Sólo hay dos maneras de hacer esto y una es huir de aquí como locos y la otra es detener la autodestrucción destruyendo los explosivos por control remoto!-propuso Alba.
Todos asentimos acalorados e hicimos dos grupos: unos despejarían el camino para huir y sacar los explosivos y los otros buscaríamos los explosivos. Explosivos: Cristina, Mónica, Nocturno, Iván y Álvaro. Huida: Alba, Pelayo, Raquel y yo.
Mi grupo y yo fuimos derrotando guardias y robots asesinos que intentaban pararnos los pies, hasta que justo cuando estábamos al llegar, un robot tan grande como un castillo apareció de la parte superior de la cárcel.
Iván: Llegando a la sala más subterránea de la cárcel, una manada de huargos nos atacó y nos ralentizó. Pelayo habló por el intercomunicador que antes nos había prestado y comentó que la sala se encontraba protegida por una clave de seguridad oculta en algún lugar y que sólo nos quedaban dos minutos y medio para que los explosivos actuasen. En cuanto nos libramos de los molestos huargos, buscamos por todos los lados la clave de acceso, pero no aparecieron más que dos llaves. Investigamos de todas las maneras posibles las llaves hasta que Mónica las examinó de cerca, y se le ocurrió juntar los dientes de ambas llaves. A simple vista, tres letras se formaron en las llaves: RHB. Ahora teníamos dos problemas. Uno, sólo quedaba un minuto. Dos, en la combinación no había letras, sino números. Álvaro lo apuntó y me pasó el papel.
-Tú eres el listo de nuestro grupo. Es tu turno.
Agarré el trozo de papel que me tendía y lo observé con detenimiento. Cuando lo averigüé abrí los ojos como platos y le grité a Nocturno:
-¡Ocho! ¡La clave es ocho!
Nocturno introdujo la clave en la cerradura y ésta se abrió con un clic. Dentro del receptáculo se encontraban un montón de cargas enormes de C4.
-¿Cómo lo has adivinado tan rápido?-me preguntaron todos mientras intentaba desactivar las cargas.
-Os lo contaré cuando desactive esto y salgamos de aquí. Solo os recuerdo que se me dan bien las matemáticas-dije con una sonrisa de oreja a oreja.
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